No os había contado un pequeño secreto de mi viaje por Estados Unidos:
dormí dos noches en La Casa Blanca. A algo menos de 150 dólares cada una,
impuestos incluidos, y con un excelente desayuno. De hecho, la primera hora del
día es lo que evoco con mayor cariño de mi paso por este "bed &
breakfast" que no se encuentra en Washington D. C., sino en Williamsburg,
la antigua capital de Virginia. Sin duda, éste fue el alojamiento más
pintoresco en que pernocté y su recuerdo, un mes después de regresar a España,
me da pie para retomar el blog y dejaros unas notas que me dejé pendientes
acerca del sentido americano de la memoria histórica.
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| Aparcamiento de "La Casa Blanca" |
En la decoración presidencial de esta Casa Blanca virginiana había una
mezcla de respeto reverencial hacia los dignatarios del país y de sano sentido
del humor. Ya en el propio aparcamiento, había plazas destinadas sólo para
republicanos o para demócratas, marcadas con los correspondientes símbolos del
elefante y del burro, así como para la Primera Dama, por ejemplo. En el
interior, los motivos alusivos eran de lo más variados, desde una reproducción
de la Declaración de Independencia hasta recortes de prensa del "desliz" de
Clinton con la becaria Monica Lewinski.
Cada habitación tenía el nombre de un
presidente. A mí me asignaron la Theodore Roosevelt Suite, una confortable
estancia de cama cubierta con dosel en el que había un rifle
colgado, del que por fortuna no tuve que hacer uso. Contaba también con un
agradable saloncito presidido, nunca mejor dicho, por un cuadro de Roosevelt en
la guerra de Cuba, en la que EE.UU. arrancó a España su última colonia
americana.
Las tertulias matutinas eran de lo más interesantes. Los huéspedes,
procedentes de distintos estados, superaban en su mayoría la cincuentena y, en
general, percibí en ellos cierto toque conservador. "Obama está
destruyendo nuestro país", bramaban Joanne y Patty, las dos hermanas, ambas ya abuelas, con las que trabé una entrañable amistad. Me cuesta imaginar en España un hotel llamado La Moncloa que bautizara las habitaciones como Felipe González, Aznar o Zapatero, pero quién sabe, tal vez sea una idea.
La Casa Blanca era mi cuartel general para visitar Williamsburg, que,
gracias a los edificios coloniales que conserva y las reconstrucciones de
aquellos que no conserva, se ha convertido en una especie de parque temático de
la historia de EE.UU. y uno de los destinos turísticos preferidos de la costa
este. Por doquier había personajes vestidos de época y representaciones de los sucesos que
contribuyeron a la independencia de las colonias americanas de Gran Bretaña.
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| Williamsburg, Virginia |
Williamsburg es uno de los tres vértices del triángulo histórico que
completan, a pocas millas, Jamestown y Yorktown. La primera, cerca de la boca
de la enorme bahía de Cheesapeake, es el lugar donde desembarcaron en 1607 los
fundadores de la primera colonia inglesa en lo que hoy son los Estados Unidos.
Se adelantaron en unos años a los peregrinos del Mayflower que, más al norte,
establecerían en 1620 el primer asentamiento de Nueva Inglaterra y que, como
lamentaba el expresivo "ranger" que daba las explicaciones en
Jamestown, finalmente ocupan muchas más páginas en los libros de historia.
En Jamestown tuvo lugar la historia de la famosa Pocahontas, la india
inmortalizada por la factoría Disney y que, tras salvar literalmente la cabeza
al jefe de los colonos, John Smith, se acabó casando con otro de los ingleses y
se cristianizó con el nombre de Rebeca.
Yorktown, en cambio, es célebre porque aquí llegó a su fin la Guerra de
la Independencia, en la última batalla entre los británicos comandados por
Cornwallis y los colonos que lideraba George Washington. En poco menos de una
hora recorrí en coche los lugares donde se situaron los distintos frentes y el
punto exacto donde se produjo la rendición formal. Uno de los detalles que más
recuerdo en Yorktown es un panel que reseñaba una dramática paradoja: los
negros que combatían por la libertad de los americanos en realidad propiciaron
con la victoria la esclavitud para los de su raza en el nuevo país.
El triángulo de Williamsburg, Jamestown y Yorktown no fueron los únicos
escenarios históricos que visité. De hecho, uno de los grandes objetivos de mi
viaje era precisamente descubrir los lugares clave de los orígenes de EE.UU. y
de su trágico paso a la madurez en la guerra de 1812, de nuevo contra los
británicos, pero sobre todo en la sangrienta guerra civil de 1861-65. En otras
entradas del blog ya me fui refiriendo a Boston, Filadelfia o Fort Sumter, en
Carolina del Sur, entre otros puntos históricos. Debo añadir Walley Forge
(Pennsylvania), el paraje donde permanecieron largos meses Washington y sus
tropas en lo que ha quedado como un legendario ejemplo de resistencia, pero
sobre todo Gettysburg, también en el estado de Pennsylvania.
En Gettysburg se vivió, en el verano de 1863, la que se considera la
batalla más importante de toda la guerra civil y es un lugar de peregrinaje
para los estadounidenses, que reviven allí, paso a paso, los tres días de
choques fratricidas. Durante mi recorrido por los campos de batalla, se me helaba la sangre al recrear en mi imaginación, sobre una explanada ante mis ojos, lo que ha pasado a la historia como la “carga de
Pickett”, el suicida avance suicida de los confederados
hacia las líneas unionistas, que los acribillaron en uno de los episodios más
trágicos de la joven historia norteamericana. Gettysburg marcó el punto más
septentrional que alcanzó la “marea sureña” en su incursión en el territorio de
la Unión. Incluso aparece señalizado el lugar exacto donde cayó el oficial
confederado que más pudo avanzar. Después de Gettysburg, nada volvió a ser
igual.
Meses más tarde, en la inauguración del cementerio que acoge a las
víctimas de la batalla, Abraham Lincoln pronunció su breve pero trascendental “discurso de Gettysburg”, cincelado hoy en la memoria de los estadounidenses
como la mejor síntesis de cuanto significa su país y “el gobierno
del pueblo, por el pueblo y para el pueblo”.
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| Estatua de Pocahontas en Jamestown, Virginia |
No me gusta hacer comparaciones con España, porque el pasado de uno y
otro país son muy diferentes y cualquier intento necesariamente saldría
distorsionado, pero admiro cómo EE.UU. ejercita su memoria histórica. Allí se
vive con orgullo la historia, se aprende de sus lecciones y sirve para fortalecer al país en el presente. En Filadelfia, por ejemplo, no se oculta que George Washington poseía esclavos en su propia casa, y en Gettysburg hay enormes monumentos erigidos tanto al líder de las tropas
confederadas, el general Robert E. Lee, como al resto de soldados sureños que
perdieron la guerra pero dejaron su vida luchando por lo que les tocó luchar.
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| Figurante unionista en Gettysburg (Pennsylvania) |
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| Monumento a los soldados de Carolina del Norte |


















