domingo, 20 de noviembre de 2011

Memoria histórica a la americana


No os había contado un pequeño secreto de mi viaje por Estados Unidos: dormí dos noches en La Casa Blanca. A algo menos de 150 dólares cada una, impuestos incluidos, y con un excelente desayuno. De hecho, la primera hora del día es lo que evoco con mayor cariño de mi paso por este "bed & breakfast" que no se encuentra en Washington D. C., sino en Williamsburg, la antigua capital de Virginia. Sin duda, éste fue el alojamiento más pintoresco en que pernocté y su recuerdo, un mes después de regresar a España, me da pie para retomar el blog y dejaros unas notas que me dejé pendientes acerca del sentido americano de la memoria histórica.
Aparcamiento de "La Casa Blanca"

En la decoración presidencial de esta Casa Blanca virginiana había una mezcla de respeto reverencial hacia los dignatarios del país y de sano sentido del humor. Ya en el propio aparcamiento, había plazas destinadas sólo para republicanos o para demócratas, marcadas con los correspondientes símbolos del elefante y del burro, así como para la Primera Dama, por ejemplo. En el interior, los motivos alusivos eran de lo más variados, desde una reproducción de la Declaración de Independencia hasta recortes de prensa del "desliz" de Clinton con la becaria Monica Lewinski. 

Cada habitación tenía el nombre de un presidente. A mí me asignaron la Theodore Roosevelt Suite, una confortable estancia de cama cubierta con dosel en el que había un rifle colgado, del que por fortuna no tuve que hacer uso. Contaba también con un agradable saloncito presidido, nunca mejor dicho, por un cuadro de Roosevelt en la guerra de Cuba, en la que EE.UU. arrancó a España su última colonia americana. 

Las tertulias matutinas eran de lo más interesantes. Los huéspedes, procedentes de distintos estados, superaban en su mayoría la cincuentena y, en general, percibí en ellos cierto toque conservador. "Obama está destruyendo nuestro país", bramaban Joanne y Patty, las dos hermanas, ambas ya abuelas, con las que trabé una entrañable amistad. Me cuesta imaginar en España un hotel llamado La Moncloa que bautizara las habitaciones como Felipe González, Aznar o Zapatero, pero quién sabe, tal vez sea una idea.

La Casa Blanca era mi cuartel general para visitar Williamsburg, que, gracias a los edificios coloniales que conserva y las reconstrucciones de aquellos que no conserva, se ha convertido en una especie de parque temático de la historia de EE.UU. y uno de los destinos turísticos preferidos de la costa este. Por doquier había personajes vestidos de época y representaciones de los sucesos que contribuyeron a la independencia de las colonias americanas de Gran Bretaña.
Williamsburg, Virginia

Williamsburg es uno de los tres vértices del triángulo histórico que completan, a pocas millas, Jamestown y Yorktown. La primera, cerca de la boca de la enorme bahía de Cheesapeake, es el lugar donde desembarcaron en 1607 los fundadores de la primera colonia inglesa en lo que hoy son los Estados Unidos. Se adelantaron en unos años a los peregrinos del Mayflower que, más al norte, establecerían en 1620 el primer asentamiento de Nueva Inglaterra y que, como lamentaba el expresivo "ranger" que daba las explicaciones en Jamestown, finalmente ocupan muchas más páginas en los libros de historia.

En Jamestown tuvo lugar la historia de la famosa Pocahontas, la india inmortalizada por la factoría Disney y que, tras salvar literalmente la cabeza al jefe de los colonos, John Smith, se acabó casando con otro de los ingleses y se cristianizó con el nombre de Rebeca.

Yorktown, en cambio, es célebre porque aquí llegó a su fin la Guerra de la Independencia, en la última batalla entre los británicos comandados por Cornwallis y los colonos que lideraba George Washington. En poco menos de una hora recorrí en coche los lugares donde se situaron los distintos frentes y el punto exacto donde se produjo la rendición formal. Uno de los detalles que más recuerdo en Yorktown es un panel que reseñaba una dramática paradoja: los negros que combatían por la libertad de los americanos en realidad propiciaron con la victoria la esclavitud para los de su raza en el nuevo país.

El triángulo de Williamsburg, Jamestown y Yorktown no fueron los únicos escenarios históricos que visité. De hecho, uno de los grandes objetivos de mi viaje era precisamente descubrir los lugares clave de los orígenes de EE.UU. y de su trágico paso a la madurez en la guerra de 1812, de nuevo contra los británicos, pero sobre todo en la sangrienta guerra civil de 1861-65. En otras entradas del blog ya me fui refiriendo a Boston, Filadelfia o Fort Sumter, en Carolina del Sur, entre otros puntos históricos. Debo añadir Walley Forge (Pennsylvania), el paraje donde permanecieron largos meses Washington y sus tropas en lo que ha quedado como un legendario ejemplo de resistencia, pero sobre todo Gettysburg, también en el estado de Pennsylvania.

En Gettysburg se vivió, en el verano de 1863, la que se considera la batalla más importante de toda la guerra civil y es un lugar de peregrinaje para los estadounidenses, que reviven allí, paso a paso, los tres días de choques fratricidas. Durante mi recorrido por los campos de batalla, se me helaba la sangre al recrear en mi imaginación, sobre una explanada ante mis ojos, lo que ha pasado a la historia como la “carga de Pickett”, el suicida avance suicida de los confederados hacia las líneas unionistas, que los acribillaron en uno de los episodios más trágicos de la joven historia norteamericana. Gettysburg marcó el punto más septentrional que alcanzó la “marea sureña” en su incursión en el territorio de la Unión. Incluso aparece señalizado el lugar exacto donde cayó el oficial confederado que más pudo avanzar. Después de Gettysburg, nada volvió a ser igual.

Meses más tarde, en la inauguración del cementerio que acoge a las víctimas de la batalla, Abraham Lincoln pronunció su breve pero trascendental “discurso de Gettysburg”, cincelado hoy en la memoria de los estadounidenses como la mejor síntesis de cuanto significa su país y “el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo”.
Estatua de Pocahontas en Jamestown, Virginia

No me gusta hacer comparaciones con España, porque el pasado de uno y otro país son muy diferentes y cualquier intento necesariamente saldría distorsionado, pero admiro cómo EE.UU. ejercita su memoria histórica. Allí se vive con orgullo la historia, se aprende de sus lecciones y sirve para fortalecer al país en el presente. En Filadelfia, por ejemplo, no se oculta que George Washington poseía esclavos en su propia casa, y en Gettysburg hay enormes monumentos erigidos tanto al líder de las tropas confederadas, el general Robert E. Lee, como al resto de soldados sureños que perdieron la guerra pero dejaron su vida luchando por lo que les tocó luchar.

Figurante unionista en Gettysburg (Pennsylvania)


Monumento a los soldados de Carolina del Norte

jueves, 13 de octubre de 2011

De Miami vice al fin del mundo


Había cola para hacerse fotos ante el enorme mojón que marca el punto mas meridional de EEUU, a sólo 90 millas del cortijo de los Castro. Después de recorrer durante un mes mas de 4.000 kilómetros y 12 estados (más el distrito de Columbia), el lunes por la tarde llegué a Key West, el último de los Cayos de Florida. Con el Atlántico a un lado y el Golfo de México al otro, conducir por la ruta 1 desde Miami hasta esta especie de Finisterre norteamericano, pasando de isla en isla entre manglares y palmeras y a veces con el ancho justo para la carretera, es uno de los mayores placeres que tenido al volante. 


Key West (o Cayo Hueso), el antaño lugar de retiro espiritual de Hemingway, es un animado pueblo de aire bohemio en el que me hubiera gustado pasar más tiempo. No obstante, en el camino de vuelta a Miami, pude detenerme en Cayo Largo para explorar con gafas de bucear y tubo un arrecife de coral lleno de peces exóticos, una experiencia formidable que ya me esta haciendo barruntar futuros viajes. 


Pero vayamos con la locura de Miami. Esta extensa megalópolis inabarcable me obligó a cambiar el chip. No es ésta una ciudad para visitar museos ni pasear por bonitas plazas. Miami está hecha para vivirla y gozar de su ambiente hedonista entre las omnipresentes palmeras. 


El escaparate de la sensualidad y el desenfreno está en South Beach. El paisaje humano lo pintan morenas embutidas en ceñidisimas prendas, algunas francamente espectaculares, que lucen carnes bajo el calor sofocante (supongo que por allí circulaban hombres también, pero no me fijé tanto). Más que glamour, lo que hay es una colorida exhibicion provocadora en la que hasta los maquiníes de las tiendas están  siliconados.


La prostitución se infiltra frente a los locales de copas, los restaurantes y los hotelitos estilo Art Deco que se suceden por la bulliciosa Ocean Drive y jovencitas encantadoras emplean taimadas técnicas de seducción para limpiar la cartera a visitantes incautos. Por fortuna, yo, que debía de tener escrito en la frente un reclamo para las engatusadoras, me pude quitar a tiempo el anzuelo de la boca. 


Pero Miami es mucho más que Ocean Drive y la presencia hispana, sobre todo cubana, se extiende por la ciudad. Acodado en la barra de un cafe que da a la calle Ocho, en Little Havana, Sergio, un cubano que lleva medio siglo en Miami, aseguraba que, sin ellos, seguiría siendo un lugar al que los viejos venían a dejarse morir. Del otro lado de la barra, Guillermina, "la más fotografiada de Little Havana", según Sergio, lamentaba la suerte que ha corrido la isla y asegura que, mientras siga en manos del "enemigo", no volverá a visitar la isla.


En Miami dejo un gran amigo, Pepe, un malagueño que, tras cuatro años en el "cinturon de la Biblia", en Tennessee, ha decidido con su mujer norteamericana empezar de nuevo de cero en Florida. Lo conocí mientras televisaban en un bar colombiano el partido de España contra la República Checa y me invitó a pasar una divertida noche con parte de la colonia española, con actuación flamenca de un sobrino de Peret incluida. Por cierto, fue un par de días antes de la visita que hizo la Reina Doña Sofia, aunque yo no estuve con Alejandro Sanz ni Nacho Cano.


Ésta ha sido mi última etapa de un viaje fascinante del que recordaré cada día, cada hora. No es éste, no obstante, mi último post del blog. En la maleta hay aún material pendiente.


Southernmost point, en Key West, Florida

Ocean Drive, en South Beach (Miami Beach)

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viernes, 7 de octubre de 2011

Los españoles ya estábamos aquí

Pasadas las cinco de la tarde, una "ranger" del National Park Service, arria la bandera en el castillo de San Marcos y se la guarda bajo el brazo hasta el día siguiente. Pero no la de las barras y las estrellas, sino una enseña española. Y tampoco es la roja y gualda actual, sino la blanca con una cruz roja que incorporo Felipe el Hermoso hace cinco siglos.


Esto sucedía el pasado miércoles en San Agustin -Saint Augustine para los estadounidenses- donde el 8 de septiembre de 1565 llego Don Pedro Menendez de Aviles para impedir que los franceses nos comieran el terreno en La Florida y fundo lo que sigue siendo el asentamiento europeo mas antiguo de EEUU. Cuando los ingleses llegaron a Jamestown, Virginia, los españoles ya llevaban en Norteamérica mas de 40 años.


Recorrer hoy San Agustin es un interesante viaje a las raíces hispanas de este país, a pesar de que en los libros de Historia americana aquellos hechos ocupan un capitulo menor y mas bien olvidado. Aunque muchas casas son reconstrucciones y desprenden un postizo tufillo a gancho turístico, no deja de tener su gracia recorrer la "old town", con calles nombres como Sevilla, Cordova o Aviles - esta ultima la mas antigua de EEUU- y plagada de reclamos en español. Pervive también la plaza de la Constitucion, en recuerdo a la de 1812, y hay unas cuantos edificios si son de la época. 


No muy lejos de alli, apenas un grupo de curiosos visitamos la Mision Nombre de Dios, el punto donde llegaron los españoles establecieron el cristianismo por primera vez en estas tierras, como recuerda la enorme cruz que se yergue junto a ella.


También se suele pasar por alto que, antes de que empezaran a llegar africanos esclavizados en masa a EEUU, los españoles trajeron hombres negros libres que trabajaron en San Agustin e incluso aun se recuerda a un haitiano que ocupo altas responsabilidades en el ejercito.


Aquellas glorias llegaron a su fin, La Florida paso a manos de EEUU y hoy, como es sabido, la invasión hispana en esta tierra viene de Cuba. Pienso en ello mientras el vendaval empieza a dejar las primeras gotas de lluvia en la terraza de mi hotel en Miami Beach y me obliga a terminar de escribir dentro. Os seguiré contando.

miércoles, 5 de octubre de 2011

Savannah tiene un color aun mas especial

He debido de contagiarme del espíritu sureño y he decidido tomármelo con calma. Finalmente, Savannah (Georgia) me ha ganado y he decidido quedarme una noche más. En principio no iba a ser más que una parada de tránsito hacia Florida, pero se me ha revelado como una de las grandes perlas de la costa este de Estados Unidos. 


Si en Charleston apetecía patear sus calles, en Savannah es un placer indescriptible. El tiempo parece discurrir sin prisa entre agradables casas de pocas alturas y los árboles invadidos por el típico "Spanish moss", ese vegetal que cuelga de sus ramas y que, literalmente, vive del aire, es decir, de la humedad del ambiente. Recibe su nombre de su parecido con el bigote de los antiguos conquistadores españoles. La ciudad, además, fue planificada desde el principio con un sistema de cuadrículas en torno a deliciosas placitas que le dan un toque único.


También aquí se tropieza con la historia casi en cada esquina. Me ha llamado la atención que uno de los héroes de la Guerra de la Independencia más venerados en Savannah es un polaco llamado Casimir Pulaski que llegó dispuesto a morir por la causa de la libertad y, efectivamente, falleció tras ser herido en el intento de americanos y franceses de arrebatar la ciudad a los británicos en 1779. En cuanto a la Guerra de Secesión, se puede uno encontrar tanto con algún edificio por el que pasó el general de los confederados Robert E. Lee, como con el que utilizó Sherman como cuartel general tras su triunfal marcha hacia la costa al frente de las fuerzas de la Unión.


En Savannah se pueden recorrer, además, los escenarios de "Medianoche en el jardín del bien y del mal", libro que siento no haber leído para daros mas referencias, y el lugar donde estaba el banco en que se sentaba Forrest Gump y que ahora se han llevado al museo de historia de la ciudad, nada menos.


A mi inolvidable paso por Savannah se une la comida memorable en Mrs. Wilkes Dinimg Room, donde el mismísimo Obama almorzó el año pasado. Es un sitio de comida tradicional sureña en un ambiente de lo más familiar, en el que te ponen a compartir mesa entre diez u once personas y en el que no hay carta: directamente te sirven un pupurri de platos de pollo frito, repollo, arroz, habas y no sé cuantas cosas más, que los comensales nos íbamos pasando unos a otros. Todo ello a 16 dólares por cabeza, bebida incluida. A pesar de su nombre, no dan cenas (salvo a grandes grupos) y solo permiten sumarse a las tremendas colas que se forman a la entrada de 11 a 14h. Lo mejor es llegar al filo de las dos -un horario muy a la española- y entrar al final, con lo que hay que esperar menos. A mí me han tocado en los flancos una pareja de Delaware -"De la... Where?", decían que es la broma habitual, porque este estado es tan pequeño y desconocido que ni los americanos lo sitúan en el mapa- y otra de Nueva York. He pasado un rato de lo más entretenido y la comida estaba de muerte. Al final me he hecho fotos con "la cocinera de Obama".


Impresionante, por ultimo, el ambiente nocturno que hay un lunes o un martes, con conciertos en directo y bares de lo más animado hasta altas horas. Pero ya no me extiendo mas con mis incursiones en la "nightlife". Ahora sí, Florida me espera.


martes, 4 de octubre de 2011

El sur tiene un color especial

El sur es el sur, ya lo cantaba Raffaella Carra. Ya sea en España, en Italia o aquí, en Estados Unidos, tiene un "color especial" y un aire despreocupado que invita a disfrutar de la vida con mas calma que sus compatriotas del norte. En el caso de EEUU, se suma un cierto orgullo identitario que pervive desde los tiempos en que el país se partió en dos. Precisamente, ayer visité Fort Sumter, en un islote frente a Charleston, donde estalló la Guerra Civil. 


Aunque, como escribí otro día, Virginia es ya territorio sureño, fue al cruzar la frontera con Carolina del Norte cuando de verdad sentí ese cambio de ambiente. Mas aún al llegar a las Outer Banks, una barrera arenosa paralela a la costa y uno de mis grandes descubrimientos de este viaje. Es un lugar para olvidarse del mundo, poner algo de música en el coche y dejarse llevar por la carretera entre interminables playas a ambos lados. 


Algo de eso debió de traer a estos remotos parajes a los hermanos Wright en 1903 para hacer realidad el sueño humano de volar, un hito que hoy se puede recordar en el punto exacto del que el artefacto de aquellos visionarios se elevo sobre el suelo.El sitio perfecto para perderse. De hecho, hay una zona donde se encuentran las dunas mas altas del país que parece el desierto del Sahara. El azote del huracán Irene aún ha agravado el aislamiento de la zona y, de hecho, no pude acceder a las islas mas meridionales porque los puentes seguían cortados. 


Por otra parte, hace calor y hay mucha humedad y eso, en el reino animal, supone que hay un rey: el mosquito. O mas bien son pirañas con alas, porque la forma en que me han masacrado no la había visto en la vida. El repelente que compré se lo beben como si fuera agua. Menos mal que luego cayó una tormenta impresionante y enfrió el ambiente en la zona, porque los lugareños me han contado que en Charleston, durante los meses cálidos, los mosquitos son aún más salvajes. 


Tras pernoctar sin mucha más historia en Wilmington, pasé al estado de Carolina del Sur. Paré en Myrtle Beach, paraíso vacacional de los "red-necks", como llaman a los americanos de interior. El paisaje consiste aquí en una noria enorme, coloridos parques de atracciones y locales para comer y beber por doquier a lo largo del paseo de madera junto a la playa. 


Y de ahí a Charleston, desde donde empece a escribir este post. A pesar de que su área metropolitana es enorme, la sensación en el "downtown" es la de estar en una pequeña capital de provincias, donde la gente vive en la calle y se conocen todos. Es una ciudad para pasear entre los caserones con grandes balconadas, pintados con colores claros y salpicados de palmeras. 


Y se come de maravilla. El sábado, unas ostras magnificas y el domingo, un estupendo pastel de cangrejo, acompañado, por cierto, de una especie de grelos que no tenían mucho que envidiar a los gallegos. Hoy estoy rematando el post desde Savannah, en Georgia. Creo que me va a gustar.

jueves, 29 de septiembre de 2011

Alucinante viaje al mundo de los amish

No quiero dejar pasar más tiempo sin contaros la experiencia más impactante del viaje hasta ahora: la visita al llamado "Dutch Country", el territorio de los amish en Pennsylvania. 


La noche del domingo, según me acercaba a la zona con el coche que he alquilado estos días, de repente me pareció que pasaban por el arcén de manera fugaz unos extraños seres en una especie de patinete, con sombreros y en tirantes. Sin reponerme aún de mi asombro, empecé a ver circular las sombras de unos carruajes oscuros, apenas visibles en aquella nebulosa noche gracias a las luces intermitentes que se ven obligados a llevar. La sensación de haber retrocedido varios siglos en el tiempo se apoderó de mí.


Pero al día siguiente fue en aumento. Me levanté al alba para tratar de hacer fotos con las primeras luces y porque Ángel, el madrileño que vive en Washington del que os hablé en mi anterior post, me había advertido de que a partir del mediodía era más difícil encontrarse a los amish. La niebla había espesado y, cuando los vi moverse entre las granjas con los carros, con los patinetes o andando con su austera forma de vestir, no pude evitar acordarme de las escenas de "Los otros", la película de Amenábar. 


Particularmente espectral se me presentó la estampa de varios niños camino del colegio al borde de la carretera, algunos descalzos, ellos con sus sombreritos y pantalones con tirantes y ellas con los vestidos largos estilo "La casa de la pradera". Mientras hacía fotos a la entrada de una granja, un joven amish me invitó a entrar, ver cómo trabajaban y, si quería, comprar alguno de sus productos orgánicos. Entrar en aquel mundo fue una experiencia única. Los hombres con la barba pero sin bigote y el sombrero de alas rectas, trajinando con los pollos o la mantequilla, y ellas faenando tocadas con una suerte de caperuza blanca. Con los ojos como platos por aquellas escenas inefables, pregunté por qué vivían de aquella manera. "Para proteger a nuestros hijos, mantenerlos alejados de la tecnología moderna y conservar nuestra cultura", me respondió Amos, el dueño de la explotación.


John, el chico que me había dejado entrar, me dio con sus preguntas una idea de hasta qué punto se hallan ajenos al mundo que les rodea. "¿En España usáis también dólares?" "¿habláis en inglés?", me interpelaba como si tuviera delante a un extraterrestre. Su hermano, al que conoci en una granja vecina, me pregunto: "¿en tu país tambien eres granjero?" Según me explicó el guía con el que recorrí después la zona, que tambien se llama John, en el particular sistema educativo amish los niños solo asisten a la escuela hasta los catorce años, salvo algunos que prolongan los estudios con unas pocas horas a la semana hasta los quince, y el aprendizaje se enfoca de una forma muy práctica al conocimiento de cuanto les pueda ser útil en su futuro trabajo en la granja, no se forman para otra cosa.


Los amish, como sus "primos" los menonitas, proceden de los anabaptistas que surgieron en Suiza, Alemania y Holanda hace más de 400 años como una tercera vía entre los católicos y los luteranos y, por lo tanto, perseguidos por unos y otros, de manera que se vieron forzados a emigrar al nuevo mundo, donde echaron raíces. Desde entonces apenas han modificado sus hábitos y renuncian a la luz eléctrica en las casas o a emplear vehículos a motor (ni siquiera bicicletas), entre otras comodidades, ya que buscan apartarse de lo que suponga una sociedad sin Dios y hacen de la sencillez, modestia y humildad los patrones de su vida. 


No solo no tienden a desaparecer, sino que su número va en aumento. Dicen que en Norteamérica, concentrados sobre todo en los estados de Pennsylvania, Ohio e Indiana, hay unos 250.000, aunque a mí me parecen algo exageradas las cifras.


Si alguno de los que me leéis tiene pensado viajar a la costa este de Estados Unidos, le aconsejo sinceramente que reserve un hueco para el Dutch Country. Alucinará como yo.

miércoles, 28 de septiembre de 2011

Las vidas del camino

Menudo susto. El agente local que me ha pedido los papeles me espetó el clásico "stay in the car", mientras se volvía a su coche para comprobar si era un turista despistado o un terrorista peligroso. Por fortuna, me ha tomado por lo primero y me ha dejado continuar mi viaje hacia el sur, aunque no sin antes avisarme de que no vuelva a saltarme un "stop". Por cierto, no sé para qué carajo me he sacado el carné internacional de conducir, porque, según me ha dicho, eso no vale en Virginia. 


Este pequeño contratiempo ha sido mi bienvenida a este estado, el primero genuinamente sureño de mi ruta y al que llego tras una breve parada en Washington. No pensaba hacer escala en la capital del país, pero hay que reconocer que la zona de los "memorials" es impresionante. Eso sí, me he cogido un buen berrinche por perderme una foto fantástica: en el peor momento se ha agotado la batería de la cámara y me he quedado sin la imagen inédita de un operario encaramado en la punta del gigantesco obelisco dedicado a Washington, que están reparando por los daños del terremoto de hace un mes.


Las etapas del viaje se estan comprimiendo tanto y se suceden tan rapido que me parecen ya pequeñas vidas que voy dejando atrás. La semana pasada me parece que ocurrió hace por lo menos un mes y no sé si sabré comprimir todas esas experiencias entre las paredes de este blog.


Anoche, sin ir más lejos, estuve un buen rato sentado con unas cervezas en el porche del State House Inn, un histórico bed & breakfast de Annapolis (la capital de Maryland), entretenido en una charla con el encargado del restaurante que por sí sola ya merecía la pena la visita. José es un guatemalteco que dejó su casa a los ocho años y al que, tras vivir en su país una guerra en la que se mataba por nada, le entra la risa cuando dicen que hay crisis en Estados Unidos. Empezó en el local como camarero y ahora lleva las riendas aplicando a la perfección su filosofía de hacer sentir a gusto al cliente (las bebidas corrieron por cuenta de la casa, claro).


Solo un rato antes, tuve nuevo capitulo de "Españoles por el mundo", en este caso con casualidad extra. En una terraza junto al puerto náutico, saludé a un grupo cuyo origen patrio delataba su conversación sobre fútbol y resulta que uno de ellos trabaja para El Periódico de Cataluña y justo acababa de estar con Emili, el corresponsal de ABC en Washington. Como para venir aquí de incógnito...


El día anterior, en el espectáculo de los delfines del fantastico acuario de Baltimore, me senté sin saberlo al lado de Ángel, Laura y su tropa de cuatro críos con los que se han trasladado de Madrid a Washington. Una maravilla encontrarse paisanos como ellos, que incluso me ofrecieron su casa en la capital si me hacia falta.


Baltimore es una ciudad mucho más acogedora y llena de vida de lo que esperaba. Al poco de llegar, ya estaba brindando con un grupo de oriundos que me intentó emborrachar en un bar irlandés muy cerca del "inner harbor" (puerto interior). Sábado noche al margen, Baltimore esta cargada de historia -la letra del himno de Estados Unidos tiene aquí su origen- y tiene barrios muy agradables para darse una vuelta.


Precisamente, deambulando por las calles del bohemio Mont Vernon, donde se celebraba una animada feria de libros, de pronto vi una bandera española sobre la mesa de una carpa. Junto a ella descubrí a Ángel, un salmantino que en Estados Unidos se hace llamar Angelo para no tener que dar demasiadas explicaciones de un nombre que aquí es solo de mujer. Vendía ejemplares de "El camino", no la novela de Delibes ni tampoco la obra de Escrivá de Balaguer, sino un libro que escribió él mismo tras recorrer la ruta jacobea y que inicialmente publicó en ingles. Allí cuenta su particular itinerario vital desde el mundo de la droga a su actual labor social entre la comunidad latina. Aunque con lo que se gana la vida es con los seguros. 


Por entre los puestos de libros curioseaban también Laura y su hermana Cristina, dos italianas que, como yo, recorrían la costa este, y a las que fue un placer inesperado conocer. Como dice Ángel, "no es el destino lo que importa, sino las experiencias del camino". Por hoy solo he podido contado éstas. Mañana me esperan otras nuevas.