domingo, 20 de noviembre de 2011

Memoria histórica a la americana


No os había contado un pequeño secreto de mi viaje por Estados Unidos: dormí dos noches en La Casa Blanca. A algo menos de 150 dólares cada una, impuestos incluidos, y con un excelente desayuno. De hecho, la primera hora del día es lo que evoco con mayor cariño de mi paso por este "bed & breakfast" que no se encuentra en Washington D. C., sino en Williamsburg, la antigua capital de Virginia. Sin duda, éste fue el alojamiento más pintoresco en que pernocté y su recuerdo, un mes después de regresar a España, me da pie para retomar el blog y dejaros unas notas que me dejé pendientes acerca del sentido americano de la memoria histórica.
Aparcamiento de "La Casa Blanca"

En la decoración presidencial de esta Casa Blanca virginiana había una mezcla de respeto reverencial hacia los dignatarios del país y de sano sentido del humor. Ya en el propio aparcamiento, había plazas destinadas sólo para republicanos o para demócratas, marcadas con los correspondientes símbolos del elefante y del burro, así como para la Primera Dama, por ejemplo. En el interior, los motivos alusivos eran de lo más variados, desde una reproducción de la Declaración de Independencia hasta recortes de prensa del "desliz" de Clinton con la becaria Monica Lewinski. 

Cada habitación tenía el nombre de un presidente. A mí me asignaron la Theodore Roosevelt Suite, una confortable estancia de cama cubierta con dosel en el que había un rifle colgado, del que por fortuna no tuve que hacer uso. Contaba también con un agradable saloncito presidido, nunca mejor dicho, por un cuadro de Roosevelt en la guerra de Cuba, en la que EE.UU. arrancó a España su última colonia americana. 

Las tertulias matutinas eran de lo más interesantes. Los huéspedes, procedentes de distintos estados, superaban en su mayoría la cincuentena y, en general, percibí en ellos cierto toque conservador. "Obama está destruyendo nuestro país", bramaban Joanne y Patty, las dos hermanas, ambas ya abuelas, con las que trabé una entrañable amistad. Me cuesta imaginar en España un hotel llamado La Moncloa que bautizara las habitaciones como Felipe González, Aznar o Zapatero, pero quién sabe, tal vez sea una idea.

La Casa Blanca era mi cuartel general para visitar Williamsburg, que, gracias a los edificios coloniales que conserva y las reconstrucciones de aquellos que no conserva, se ha convertido en una especie de parque temático de la historia de EE.UU. y uno de los destinos turísticos preferidos de la costa este. Por doquier había personajes vestidos de época y representaciones de los sucesos que contribuyeron a la independencia de las colonias americanas de Gran Bretaña.
Williamsburg, Virginia

Williamsburg es uno de los tres vértices del triángulo histórico que completan, a pocas millas, Jamestown y Yorktown. La primera, cerca de la boca de la enorme bahía de Cheesapeake, es el lugar donde desembarcaron en 1607 los fundadores de la primera colonia inglesa en lo que hoy son los Estados Unidos. Se adelantaron en unos años a los peregrinos del Mayflower que, más al norte, establecerían en 1620 el primer asentamiento de Nueva Inglaterra y que, como lamentaba el expresivo "ranger" que daba las explicaciones en Jamestown, finalmente ocupan muchas más páginas en los libros de historia.

En Jamestown tuvo lugar la historia de la famosa Pocahontas, la india inmortalizada por la factoría Disney y que, tras salvar literalmente la cabeza al jefe de los colonos, John Smith, se acabó casando con otro de los ingleses y se cristianizó con el nombre de Rebeca.

Yorktown, en cambio, es célebre porque aquí llegó a su fin la Guerra de la Independencia, en la última batalla entre los británicos comandados por Cornwallis y los colonos que lideraba George Washington. En poco menos de una hora recorrí en coche los lugares donde se situaron los distintos frentes y el punto exacto donde se produjo la rendición formal. Uno de los detalles que más recuerdo en Yorktown es un panel que reseñaba una dramática paradoja: los negros que combatían por la libertad de los americanos en realidad propiciaron con la victoria la esclavitud para los de su raza en el nuevo país.

El triángulo de Williamsburg, Jamestown y Yorktown no fueron los únicos escenarios históricos que visité. De hecho, uno de los grandes objetivos de mi viaje era precisamente descubrir los lugares clave de los orígenes de EE.UU. y de su trágico paso a la madurez en la guerra de 1812, de nuevo contra los británicos, pero sobre todo en la sangrienta guerra civil de 1861-65. En otras entradas del blog ya me fui refiriendo a Boston, Filadelfia o Fort Sumter, en Carolina del Sur, entre otros puntos históricos. Debo añadir Walley Forge (Pennsylvania), el paraje donde permanecieron largos meses Washington y sus tropas en lo que ha quedado como un legendario ejemplo de resistencia, pero sobre todo Gettysburg, también en el estado de Pennsylvania.

En Gettysburg se vivió, en el verano de 1863, la que se considera la batalla más importante de toda la guerra civil y es un lugar de peregrinaje para los estadounidenses, que reviven allí, paso a paso, los tres días de choques fratricidas. Durante mi recorrido por los campos de batalla, se me helaba la sangre al recrear en mi imaginación, sobre una explanada ante mis ojos, lo que ha pasado a la historia como la “carga de Pickett”, el suicida avance suicida de los confederados hacia las líneas unionistas, que los acribillaron en uno de los episodios más trágicos de la joven historia norteamericana. Gettysburg marcó el punto más septentrional que alcanzó la “marea sureña” en su incursión en el territorio de la Unión. Incluso aparece señalizado el lugar exacto donde cayó el oficial confederado que más pudo avanzar. Después de Gettysburg, nada volvió a ser igual.

Meses más tarde, en la inauguración del cementerio que acoge a las víctimas de la batalla, Abraham Lincoln pronunció su breve pero trascendental “discurso de Gettysburg”, cincelado hoy en la memoria de los estadounidenses como la mejor síntesis de cuanto significa su país y “el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo”.
Estatua de Pocahontas en Jamestown, Virginia

No me gusta hacer comparaciones con España, porque el pasado de uno y otro país son muy diferentes y cualquier intento necesariamente saldría distorsionado, pero admiro cómo EE.UU. ejercita su memoria histórica. Allí se vive con orgullo la historia, se aprende de sus lecciones y sirve para fortalecer al país en el presente. En Filadelfia, por ejemplo, no se oculta que George Washington poseía esclavos en su propia casa, y en Gettysburg hay enormes monumentos erigidos tanto al líder de las tropas confederadas, el general Robert E. Lee, como al resto de soldados sureños que perdieron la guerra pero dejaron su vida luchando por lo que les tocó luchar.

Figurante unionista en Gettysburg (Pennsylvania)


Monumento a los soldados de Carolina del Norte