El sur es el sur, ya lo cantaba Raffaella Carra. Ya sea en España, en Italia o aquí, en Estados Unidos, tiene un "color especial" y un aire despreocupado que invita a disfrutar de la vida con mas calma que sus compatriotas del norte. En el caso de EEUU, se suma un cierto orgullo identitario que pervive desde los tiempos en que el país se partió en dos. Precisamente, ayer visité Fort Sumter, en un islote frente a Charleston, donde estalló la Guerra Civil.
Aunque, como escribí otro día, Virginia es ya territorio sureño, fue al cruzar la frontera con Carolina del Norte cuando de verdad sentí ese cambio de ambiente. Mas aún al llegar a las Outer Banks, una barrera arenosa paralela a la costa y uno de mis grandes descubrimientos de este viaje. Es un lugar para olvidarse del mundo, poner algo de música en el coche y dejarse llevar por la carretera entre interminables playas a ambos lados.
Algo de eso debió de traer a estos remotos parajes a los hermanos Wright en 1903 para hacer realidad el sueño humano de volar, un hito que hoy se puede recordar en el punto exacto del que el artefacto de aquellos visionarios se elevo sobre el suelo.El sitio perfecto para perderse. De hecho, hay una zona donde se encuentran las dunas mas altas del país que parece el desierto del Sahara. El azote del huracán Irene aún ha agravado el aislamiento de la zona y, de hecho, no pude acceder a las islas mas meridionales porque los puentes seguían cortados.
Por otra parte, hace calor y hay mucha humedad y eso, en el reino animal, supone que hay un rey: el mosquito. O mas bien son pirañas con alas, porque la forma en que me han masacrado no la había visto en la vida. El repelente que compré se lo beben como si fuera agua. Menos mal que luego cayó una tormenta impresionante y enfrió el ambiente en la zona, porque los lugareños me han contado que en Charleston, durante los meses cálidos, los mosquitos son aún más salvajes.
Tras pernoctar sin mucha más historia en Wilmington, pasé al estado de Carolina del Sur. Paré en Myrtle Beach, paraíso vacacional de los "red-necks", como llaman a los americanos de interior. El paisaje consiste aquí en una noria enorme, coloridos parques de atracciones y locales para comer y beber por doquier a lo largo del paseo de madera junto a la playa.
Y de ahí a Charleston, desde donde empece a escribir este post. A pesar de que su área metropolitana es enorme, la sensación en el "downtown" es la de estar en una pequeña capital de provincias, donde la gente vive en la calle y se conocen todos. Es una ciudad para pasear entre los caserones con grandes balconadas, pintados con colores claros y salpicados de palmeras.
Y se come de maravilla. El sábado, unas ostras magnificas y el domingo, un estupendo pastel de cangrejo, acompañado, por cierto, de una especie de grelos que no tenían mucho que envidiar a los gallegos. Hoy estoy rematando el post desde Savannah, en Georgia. Creo que me va a gustar.

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