miércoles, 5 de octubre de 2011

Savannah tiene un color aun mas especial

He debido de contagiarme del espíritu sureño y he decidido tomármelo con calma. Finalmente, Savannah (Georgia) me ha ganado y he decidido quedarme una noche más. En principio no iba a ser más que una parada de tránsito hacia Florida, pero se me ha revelado como una de las grandes perlas de la costa este de Estados Unidos. 


Si en Charleston apetecía patear sus calles, en Savannah es un placer indescriptible. El tiempo parece discurrir sin prisa entre agradables casas de pocas alturas y los árboles invadidos por el típico "Spanish moss", ese vegetal que cuelga de sus ramas y que, literalmente, vive del aire, es decir, de la humedad del ambiente. Recibe su nombre de su parecido con el bigote de los antiguos conquistadores españoles. La ciudad, además, fue planificada desde el principio con un sistema de cuadrículas en torno a deliciosas placitas que le dan un toque único.


También aquí se tropieza con la historia casi en cada esquina. Me ha llamado la atención que uno de los héroes de la Guerra de la Independencia más venerados en Savannah es un polaco llamado Casimir Pulaski que llegó dispuesto a morir por la causa de la libertad y, efectivamente, falleció tras ser herido en el intento de americanos y franceses de arrebatar la ciudad a los británicos en 1779. En cuanto a la Guerra de Secesión, se puede uno encontrar tanto con algún edificio por el que pasó el general de los confederados Robert E. Lee, como con el que utilizó Sherman como cuartel general tras su triunfal marcha hacia la costa al frente de las fuerzas de la Unión.


En Savannah se pueden recorrer, además, los escenarios de "Medianoche en el jardín del bien y del mal", libro que siento no haber leído para daros mas referencias, y el lugar donde estaba el banco en que se sentaba Forrest Gump y que ahora se han llevado al museo de historia de la ciudad, nada menos.


A mi inolvidable paso por Savannah se une la comida memorable en Mrs. Wilkes Dinimg Room, donde el mismísimo Obama almorzó el año pasado. Es un sitio de comida tradicional sureña en un ambiente de lo más familiar, en el que te ponen a compartir mesa entre diez u once personas y en el que no hay carta: directamente te sirven un pupurri de platos de pollo frito, repollo, arroz, habas y no sé cuantas cosas más, que los comensales nos íbamos pasando unos a otros. Todo ello a 16 dólares por cabeza, bebida incluida. A pesar de su nombre, no dan cenas (salvo a grandes grupos) y solo permiten sumarse a las tremendas colas que se forman a la entrada de 11 a 14h. Lo mejor es llegar al filo de las dos -un horario muy a la española- y entrar al final, con lo que hay que esperar menos. A mí me han tocado en los flancos una pareja de Delaware -"De la... Where?", decían que es la broma habitual, porque este estado es tan pequeño y desconocido que ni los americanos lo sitúan en el mapa- y otra de Nueva York. He pasado un rato de lo más entretenido y la comida estaba de muerte. Al final me he hecho fotos con "la cocinera de Obama".


Impresionante, por ultimo, el ambiente nocturno que hay un lunes o un martes, con conciertos en directo y bares de lo más animado hasta altas horas. Pero ya no me extiendo mas con mis incursiones en la "nightlife". Ahora sí, Florida me espera.


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