No quiero dejar pasar más tiempo sin contaros la experiencia más impactante del viaje hasta ahora: la visita al llamado "Dutch Country", el territorio de los amish en Pennsylvania.
La noche del domingo, según me acercaba a la zona con el coche que he alquilado estos días, de repente me pareció que pasaban por el arcén de manera fugaz unos extraños seres en una especie de patinete, con sombreros y en tirantes. Sin reponerme aún de mi asombro, empecé a ver circular las sombras de unos carruajes oscuros, apenas visibles en aquella nebulosa noche gracias a las luces intermitentes que se ven obligados a llevar. La sensación de haber retrocedido varios siglos en el tiempo se apoderó de mí.
Pero al día siguiente fue en aumento. Me levanté al alba para tratar de hacer fotos con las primeras luces y porque Ángel, el madrileño que vive en Washington del que os hablé en mi anterior post, me había advertido de que a partir del mediodía era más difícil encontrarse a los amish. La niebla había espesado y, cuando los vi moverse entre las granjas con los carros, con los patinetes o andando con su austera forma de vestir, no pude evitar acordarme de las escenas de "Los otros", la película de Amenábar.
Particularmente espectral se me presentó la estampa de varios niños camino del colegio al borde de la carretera, algunos descalzos, ellos con sus sombreritos y pantalones con tirantes y ellas con los vestidos largos estilo "La casa de la pradera". Mientras hacía fotos a la entrada de una granja, un joven amish me invitó a entrar, ver cómo trabajaban y, si quería, comprar alguno de sus productos orgánicos. Entrar en aquel mundo fue una experiencia única. Los hombres con la barba pero sin bigote y el sombrero de alas rectas, trajinando con los pollos o la mantequilla, y ellas faenando tocadas con una suerte de caperuza blanca. Con los ojos como platos por aquellas escenas inefables, pregunté por qué vivían de aquella manera. "Para proteger a nuestros hijos, mantenerlos alejados de la tecnología moderna y conservar nuestra cultura", me respondió Amos, el dueño de la explotación.
John, el chico que me había dejado entrar, me dio con sus preguntas una idea de hasta qué punto se hallan ajenos al mundo que les rodea. "¿En España usáis también dólares?" "¿habláis en inglés?", me interpelaba como si tuviera delante a un extraterrestre. Su hermano, al que conoci en una granja vecina, me pregunto: "¿en tu país tambien eres granjero?" Según me explicó el guía con el que recorrí después la zona, que tambien se llama John, en el particular sistema educativo amish los niños solo asisten a la escuela hasta los catorce años, salvo algunos que prolongan los estudios con unas pocas horas a la semana hasta los quince, y el aprendizaje se enfoca de una forma muy práctica al conocimiento de cuanto les pueda ser útil en su futuro trabajo en la granja, no se forman para otra cosa.
Los amish, como sus "primos" los menonitas, proceden de los anabaptistas que surgieron en Suiza, Alemania y Holanda hace más de 400 años como una tercera vía entre los católicos y los luteranos y, por lo tanto, perseguidos por unos y otros, de manera que se vieron forzados a emigrar al nuevo mundo, donde echaron raíces. Desde entonces apenas han modificado sus hábitos y renuncian a la luz eléctrica en las casas o a emplear vehículos a motor (ni siquiera bicicletas), entre otras comodidades, ya que buscan apartarse de lo que suponga una sociedad sin Dios y hacen de la sencillez, modestia y humildad los patrones de su vida.
No solo no tienden a desaparecer, sino que su número va en aumento. Dicen que en Norteamérica, concentrados sobre todo en los estados de Pennsylvania, Ohio e Indiana, hay unos 250.000, aunque a mí me parecen algo exageradas las cifras.
Si alguno de los que me leéis tiene pensado viajar a la costa este de Estados Unidos, le aconsejo sinceramente que reserve un hueco para el Dutch Country. Alucinará como yo.
¡Bienvenidos a mi aventura! Un mes para descubrir los territorios donde empezó todo en Estados Unidos. Un recorrido de 3.000 kilómetros de norte a sur de este país gigantesco y apasionante. Gracias por acompañarme
jueves, 29 de septiembre de 2011
miércoles, 28 de septiembre de 2011
Las vidas del camino
Menudo susto. El agente local que me ha pedido los papeles me espetó el clásico "stay in the car", mientras se volvía a su coche para comprobar si era un turista despistado o un terrorista peligroso. Por fortuna, me ha tomado por lo primero y me ha dejado continuar mi viaje hacia el sur, aunque no sin antes avisarme de que no vuelva a saltarme un "stop". Por cierto, no sé para qué carajo me he sacado el carné internacional de conducir, porque, según me ha dicho, eso no vale en Virginia.
Este pequeño contratiempo ha sido mi bienvenida a este estado, el primero genuinamente sureño de mi ruta y al que llego tras una breve parada en Washington. No pensaba hacer escala en la capital del país, pero hay que reconocer que la zona de los "memorials" es impresionante. Eso sí, me he cogido un buen berrinche por perderme una foto fantástica: en el peor momento se ha agotado la batería de la cámara y me he quedado sin la imagen inédita de un operario encaramado en la punta del gigantesco obelisco dedicado a Washington, que están reparando por los daños del terremoto de hace un mes.
Las etapas del viaje se estan comprimiendo tanto y se suceden tan rapido que me parecen ya pequeñas vidas que voy dejando atrás. La semana pasada me parece que ocurrió hace por lo menos un mes y no sé si sabré comprimir todas esas experiencias entre las paredes de este blog.
Anoche, sin ir más lejos, estuve un buen rato sentado con unas cervezas en el porche del State House Inn, un histórico bed & breakfast de Annapolis (la capital de Maryland), entretenido en una charla con el encargado del restaurante que por sí sola ya merecía la pena la visita. José es un guatemalteco que dejó su casa a los ocho años y al que, tras vivir en su país una guerra en la que se mataba por nada, le entra la risa cuando dicen que hay crisis en Estados Unidos. Empezó en el local como camarero y ahora lleva las riendas aplicando a la perfección su filosofía de hacer sentir a gusto al cliente (las bebidas corrieron por cuenta de la casa, claro).
Solo un rato antes, tuve nuevo capitulo de "Españoles por el mundo", en este caso con casualidad extra. En una terraza junto al puerto náutico, saludé a un grupo cuyo origen patrio delataba su conversación sobre fútbol y resulta que uno de ellos trabaja para El Periódico de Cataluña y justo acababa de estar con Emili, el corresponsal de ABC en Washington. Como para venir aquí de incógnito...
El día anterior, en el espectáculo de los delfines del fantastico acuario de Baltimore, me senté sin saberlo al lado de Ángel, Laura y su tropa de cuatro críos con los que se han trasladado de Madrid a Washington. Una maravilla encontrarse paisanos como ellos, que incluso me ofrecieron su casa en la capital si me hacia falta.
Baltimore es una ciudad mucho más acogedora y llena de vida de lo que esperaba. Al poco de llegar, ya estaba brindando con un grupo de oriundos que me intentó emborrachar en un bar irlandés muy cerca del "inner harbor" (puerto interior). Sábado noche al margen, Baltimore esta cargada de historia -la letra del himno de Estados Unidos tiene aquí su origen- y tiene barrios muy agradables para darse una vuelta.
Precisamente, deambulando por las calles del bohemio Mont Vernon, donde se celebraba una animada feria de libros, de pronto vi una bandera española sobre la mesa de una carpa. Junto a ella descubrí a Ángel, un salmantino que en Estados Unidos se hace llamar Angelo para no tener que dar demasiadas explicaciones de un nombre que aquí es solo de mujer. Vendía ejemplares de "El camino", no la novela de Delibes ni tampoco la obra de Escrivá de Balaguer, sino un libro que escribió él mismo tras recorrer la ruta jacobea y que inicialmente publicó en ingles. Allí cuenta su particular itinerario vital desde el mundo de la droga a su actual labor social entre la comunidad latina. Aunque con lo que se gana la vida es con los seguros.
Por entre los puestos de libros curioseaban también Laura y su hermana Cristina, dos italianas que, como yo, recorrían la costa este, y a las que fue un placer inesperado conocer. Como dice Ángel, "no es el destino lo que importa, sino las experiencias del camino". Por hoy solo he podido contado éstas. Mañana me esperan otras nuevas.
Este pequeño contratiempo ha sido mi bienvenida a este estado, el primero genuinamente sureño de mi ruta y al que llego tras una breve parada en Washington. No pensaba hacer escala en la capital del país, pero hay que reconocer que la zona de los "memorials" es impresionante. Eso sí, me he cogido un buen berrinche por perderme una foto fantástica: en el peor momento se ha agotado la batería de la cámara y me he quedado sin la imagen inédita de un operario encaramado en la punta del gigantesco obelisco dedicado a Washington, que están reparando por los daños del terremoto de hace un mes.
Las etapas del viaje se estan comprimiendo tanto y se suceden tan rapido que me parecen ya pequeñas vidas que voy dejando atrás. La semana pasada me parece que ocurrió hace por lo menos un mes y no sé si sabré comprimir todas esas experiencias entre las paredes de este blog.
Anoche, sin ir más lejos, estuve un buen rato sentado con unas cervezas en el porche del State House Inn, un histórico bed & breakfast de Annapolis (la capital de Maryland), entretenido en una charla con el encargado del restaurante que por sí sola ya merecía la pena la visita. José es un guatemalteco que dejó su casa a los ocho años y al que, tras vivir en su país una guerra en la que se mataba por nada, le entra la risa cuando dicen que hay crisis en Estados Unidos. Empezó en el local como camarero y ahora lleva las riendas aplicando a la perfección su filosofía de hacer sentir a gusto al cliente (las bebidas corrieron por cuenta de la casa, claro).
Solo un rato antes, tuve nuevo capitulo de "Españoles por el mundo", en este caso con casualidad extra. En una terraza junto al puerto náutico, saludé a un grupo cuyo origen patrio delataba su conversación sobre fútbol y resulta que uno de ellos trabaja para El Periódico de Cataluña y justo acababa de estar con Emili, el corresponsal de ABC en Washington. Como para venir aquí de incógnito...
El día anterior, en el espectáculo de los delfines del fantastico acuario de Baltimore, me senté sin saberlo al lado de Ángel, Laura y su tropa de cuatro críos con los que se han trasladado de Madrid a Washington. Una maravilla encontrarse paisanos como ellos, que incluso me ofrecieron su casa en la capital si me hacia falta.
Baltimore es una ciudad mucho más acogedora y llena de vida de lo que esperaba. Al poco de llegar, ya estaba brindando con un grupo de oriundos que me intentó emborrachar en un bar irlandés muy cerca del "inner harbor" (puerto interior). Sábado noche al margen, Baltimore esta cargada de historia -la letra del himno de Estados Unidos tiene aquí su origen- y tiene barrios muy agradables para darse una vuelta.
Precisamente, deambulando por las calles del bohemio Mont Vernon, donde se celebraba una animada feria de libros, de pronto vi una bandera española sobre la mesa de una carpa. Junto a ella descubrí a Ángel, un salmantino que en Estados Unidos se hace llamar Angelo para no tener que dar demasiadas explicaciones de un nombre que aquí es solo de mujer. Vendía ejemplares de "El camino", no la novela de Delibes ni tampoco la obra de Escrivá de Balaguer, sino un libro que escribió él mismo tras recorrer la ruta jacobea y que inicialmente publicó en ingles. Allí cuenta su particular itinerario vital desde el mundo de la droga a su actual labor social entre la comunidad latina. Aunque con lo que se gana la vida es con los seguros.
Por entre los puestos de libros curioseaban también Laura y su hermana Cristina, dos italianas que, como yo, recorrían la costa este, y a las que fue un placer inesperado conocer. Como dice Ángel, "no es el destino lo que importa, sino las experiencias del camino". Por hoy solo he podido contado éstas. Mañana me esperan otras nuevas.
viernes, 23 de septiembre de 2011
Como Nicolas Cage en... Atlantic City
Por primera vez en este viaje, abandono un lugar sin pena de dejarlo atrás. Llegué a Atlantic City atraído por la curiosidad de conocer la que se supone Las Vegas de la costa este, que me parecía buena parada donde recargar pilas y desfogarme un poco. Pero me ha dejado cierta sensación de tristeza. "Hay gente que viene de ciudades como Washington, les deja el autobús en la puerta del casino, juegan y se marchan. No ven ni siquiera la playa", me comentaba con abatimiento Edward, funcionario de la Seguridad Social que debe de ser de los pocos en la "Ciudad Atlántica" que no trabaja para la industria del juego y con el que charlé mientras una espesa bruma envolvía el atardecer.
Atlantic City, en la costa de Nueva Jersey a unos cien kilómetros de Filadelfia, tiene un toque que recuerda a Benidorm y le falta el "glamour", el brillo de la supuesta alegría de Las Vegas, o puede que, simplemente, aquí la degeneración por el juego está peor disfrazada.
Los casinos son monstruosas moles temáticas con nombres como Taj Mahal, Caesars, Tropicana o Wild Wild West, cada uno con cientos de tragaperras e inmensas salas para jugarse el sueldo a las cartas, la ruleta o los dados. Yo me alojaba en uno de los más nuevos y encopetados, el Borgata, donde estos días se celebraba un campeonato de póker que garantizaba tres millones de dólares como premio, aunque yo me limité a perder unos cuantos a la ruleta.
Con un montón de bares, restaurantes, tiendas, piscina y spa, es un complejo pensado para que no salgas al exterior y dejes alli todo tu dinero. De hecho, no hay aceras para pasear hasta la playa o el centro urbano, si es que existe tal, y hay que coger forzosamente un autobús o un taxi.
El histórico Boardwalk, un paseo de tablas de madera a lo largo de la playa, podría ser agradable, pero lo estropean las horrendas fachadas de los casinos y el triste deambular de personas solitarias sin rumbo, entre los que me sentí un poco como Nicolas Cage en "Living Las Vegas". Las "rolling chairs", carritos empujados por personas, lo recorren constantemente y le dan otra pincelada de extravagancia.
Y en medio de este mundo friki, descubrí un extraño proyecto ecológico: en la playa existe una colonia de gatos asilvestrados a los que se cuida y alimenta de forma oficial, pero está prohibido darles comida por tu cuenta o soltar otros gatos, bajo pena de hasta mil dólares.
Antes de ir a Atlantic City visité Filadelfia, la cuna de los Estados Unidos. Aquí se aprobó y firmó en 1776 la Declaración de Independencia y años mas tarde la Constitucion. Se creó el primer banco nacional, precedente de la actual Reserva Federal, o la primera aseguradora contra incendios, que puso en marcha Benjamin Franklin, entre otras muchas primeras cosas.
La obsesión por ensalzar a quienes participaron en el germen de la nación ha llevado a mitificar incluso a la mujer a la que George Washington encargó la primera bandera americana, entonces solo de 13 estrellas, y cuya casa-museo se visita como la de una heroína de la independencia.
Disfruté mucho recorriendo la Old City y las calles y edificios donde el nuevo país se puso a andar. El resto de la ciudad me dejó más frío, sobre todo viniendo del ambientazo de ciudades como Boston o Nueva York. Por supuesto, no me fui sin antes hacer un poco el payaso subiendo las escaleras del Museo de Arte que inmortalizó Rocky Balboa, al que incluso han dedicado una estatua.
Atlantic City, en la costa de Nueva Jersey a unos cien kilómetros de Filadelfia, tiene un toque que recuerda a Benidorm y le falta el "glamour", el brillo de la supuesta alegría de Las Vegas, o puede que, simplemente, aquí la degeneración por el juego está peor disfrazada.
Los casinos son monstruosas moles temáticas con nombres como Taj Mahal, Caesars, Tropicana o Wild Wild West, cada uno con cientos de tragaperras e inmensas salas para jugarse el sueldo a las cartas, la ruleta o los dados. Yo me alojaba en uno de los más nuevos y encopetados, el Borgata, donde estos días se celebraba un campeonato de póker que garantizaba tres millones de dólares como premio, aunque yo me limité a perder unos cuantos a la ruleta.
Con un montón de bares, restaurantes, tiendas, piscina y spa, es un complejo pensado para que no salgas al exterior y dejes alli todo tu dinero. De hecho, no hay aceras para pasear hasta la playa o el centro urbano, si es que existe tal, y hay que coger forzosamente un autobús o un taxi.
El histórico Boardwalk, un paseo de tablas de madera a lo largo de la playa, podría ser agradable, pero lo estropean las horrendas fachadas de los casinos y el triste deambular de personas solitarias sin rumbo, entre los que me sentí un poco como Nicolas Cage en "Living Las Vegas". Las "rolling chairs", carritos empujados por personas, lo recorren constantemente y le dan otra pincelada de extravagancia.
Y en medio de este mundo friki, descubrí un extraño proyecto ecológico: en la playa existe una colonia de gatos asilvestrados a los que se cuida y alimenta de forma oficial, pero está prohibido darles comida por tu cuenta o soltar otros gatos, bajo pena de hasta mil dólares.
Antes de ir a Atlantic City visité Filadelfia, la cuna de los Estados Unidos. Aquí se aprobó y firmó en 1776 la Declaración de Independencia y años mas tarde la Constitucion. Se creó el primer banco nacional, precedente de la actual Reserva Federal, o la primera aseguradora contra incendios, que puso en marcha Benjamin Franklin, entre otras muchas primeras cosas.
La obsesión por ensalzar a quienes participaron en el germen de la nación ha llevado a mitificar incluso a la mujer a la que George Washington encargó la primera bandera americana, entonces solo de 13 estrellas, y cuya casa-museo se visita como la de una heroína de la independencia.
Disfruté mucho recorriendo la Old City y las calles y edificios donde el nuevo país se puso a andar. El resto de la ciudad me dejó más frío, sobre todo viniendo del ambientazo de ciudades como Boston o Nueva York. Por supuesto, no me fui sin antes hacer un poco el payaso subiendo las escaleras del Museo de Arte que inmortalizó Rocky Balboa, al que incluso han dedicado una estatua.
martes, 20 de septiembre de 2011
Ricachones en Newport e "indignados" en Wall Street
El audioguía describe a Cornelius Vanderbilt como "modesto y poco pretencioso". Menos mal. Este magnate de los ferrocarriles era el propietario de " The Breakers", la mansión mas suntuosa de Newport, el lugar de veraneo de las grandes fortunas neoyorquinas de finales del siglo XIX y principios del XX, donde la palabra lujo se queda ridícula. Queriendo imitar los grandes palacios franceses e italianos, los ricachones coparon este rincón de Rhode Island de auténticos homenajes a la desmesura. Una mansión construida en mármol, otra con 20 baños, habitaciones forradas en oro, otra con planchas de platino como adorno, pinturas trasplantadas de un palacio veneciano, una chimenea arrancada a otro de Francia... Aquella se llamó la "era dorada" de Estados Unidos, en la que los millonarios no pagaban impuestos y se convirtieron en una moderna aristocracia con un poder casi ilimitado.
Newport sigue siendo hoy un sitio de descanso exiquito, hecho para gozar de la buena vida. Para no ser menos que nadie, me di el gustazo de coger una habitación en un "bed&breakfast" a más de 300$ la noche, casi lo que me salía una semana entera en el "hostel" de Boston. La zona es uno de los mayores enclaves náuticos de Nueva Inglaterra y tuve la suerte de comprobarlo al coincidir esos días con el 41 International Boat Show, la principal feria de barcos a motor y veleros del noreste del país, un paraíso para los aficionados al mar. Se vendía también, por supuesto, todo tipo de accesorios para la navegación y en uno de los puestos me llamo la atención que exponían polos de la Copa del Rey de la marca Gaastra. Me puse a hablar con las simpáticas holandesas que lo atendían, me compré de estupendos polos de Newport por 89$ y, de paso, quede con ellas para tomar algo por la noche.
No fueron las únicas chicas que conocí en Newport. Mientras hacia fotos de un atardecer espectacular, entablé conversación con una chica de Maryland que se iba a casar en una semana. Se empeño en invitarme a una cerveza y presentarme a su prometida, una guatemalteca que aperaba junto a una chimenea en un jardín. La boda se celebrara en Boston, porque en Massachusetts están autorizados los matrimonios homosexuales, y el convite en Newport. Por lo visto, este tipo de enlaces están siendo un "boom" en Estados Unidos. Hace unos días también conocí a una francesa que iba a asistir a una boda entre mujeres en Washington.De Rhode Island vine a Nueva York, donde, aunque pueda resultar paradójico con todo lo que ofrece ciudad vibrante, me lo estoy tomando con calma. Como sé que no puedo ver todo, me dedico sobre todo a pasear por sus calles, que es el mayor placer. Me acerqué, claro, a la zona cero, por donde es imposible pasar sin que se te humedezcan los ojos y se te punce la garganta. Diez años después del 11-S, aun siguen día y noche los trabajos para reconstruir la zona. Fue una pena que no pudiera visitar el "memorial" recién estrenado, para el que ya no había entradas hasta diciembre, salvo que fuera a chupar mañana una cola de vértigo.
Cerca de allí, vi una escena que me era familiar. Jóvenes bailando al son de étnicos, sacos de dormir y carteles contra el capitalismo, los bancos y políticos. Los "indignados", bajo la atenta mirada policial, han llegado a Wall Street.
Para cerrar el día, disfrute de una agradabilísima cena en un italiano de Greenwich Village con María, la actual corresponsal de ABC en Nueva York, que venia de estar con Bibiana Aido en Naciones Unidas. Acabamos en un garito donde grupos de blues rivalizaban por sacar los sonidos mas inverosímiles a las guitarras ante los cuatro gatos que allí estábamos. Tras despedir a María -que se levanta a las 6,30 cada mañana, por cierto-, me dio tiempo de ver el último deporte de moda en los bares de Nueva York: el "beer-pong", un juego que consiste en tratar de encestar bolas de tenis de mesa en vasos de plástico.
Ahora, sentado en uno de esos cafés con sillas que miran a la calle a través de ventanales, y con el Empire State de fondo, espero a que escampe este día lluvioso y preparo mi marcha al próximo destino: Filadelfia.
P.D. La foto que incluyo en el post está tomada en Newport y es mi favorita de cuantas he hecho hasta ahora.
Newport sigue siendo hoy un sitio de descanso exiquito, hecho para gozar de la buena vida. Para no ser menos que nadie, me di el gustazo de coger una habitación en un "bed&breakfast" a más de 300$ la noche, casi lo que me salía una semana entera en el "hostel" de Boston. La zona es uno de los mayores enclaves náuticos de Nueva Inglaterra y tuve la suerte de comprobarlo al coincidir esos días con el 41 International Boat Show, la principal feria de barcos a motor y veleros del noreste del país, un paraíso para los aficionados al mar. Se vendía también, por supuesto, todo tipo de accesorios para la navegación y en uno de los puestos me llamo la atención que exponían polos de la Copa del Rey de la marca Gaastra. Me puse a hablar con las simpáticas holandesas que lo atendían, me compré de estupendos polos de Newport por 89$ y, de paso, quede con ellas para tomar algo por la noche.
No fueron las únicas chicas que conocí en Newport. Mientras hacia fotos de un atardecer espectacular, entablé conversación con una chica de Maryland que se iba a casar en una semana. Se empeño en invitarme a una cerveza y presentarme a su prometida, una guatemalteca que aperaba junto a una chimenea en un jardín. La boda se celebrara en Boston, porque en Massachusetts están autorizados los matrimonios homosexuales, y el convite en Newport. Por lo visto, este tipo de enlaces están siendo un "boom" en Estados Unidos. Hace unos días también conocí a una francesa que iba a asistir a una boda entre mujeres en Washington.De Rhode Island vine a Nueva York, donde, aunque pueda resultar paradójico con todo lo que ofrece ciudad vibrante, me lo estoy tomando con calma. Como sé que no puedo ver todo, me dedico sobre todo a pasear por sus calles, que es el mayor placer. Me acerqué, claro, a la zona cero, por donde es imposible pasar sin que se te humedezcan los ojos y se te punce la garganta. Diez años después del 11-S, aun siguen día y noche los trabajos para reconstruir la zona. Fue una pena que no pudiera visitar el "memorial" recién estrenado, para el que ya no había entradas hasta diciembre, salvo que fuera a chupar mañana una cola de vértigo.
Cerca de allí, vi una escena que me era familiar. Jóvenes bailando al son de étnicos, sacos de dormir y carteles contra el capitalismo, los bancos y políticos. Los "indignados", bajo la atenta mirada policial, han llegado a Wall Street.
Para cerrar el día, disfrute de una agradabilísima cena en un italiano de Greenwich Village con María, la actual corresponsal de ABC en Nueva York, que venia de estar con Bibiana Aido en Naciones Unidas. Acabamos en un garito donde grupos de blues rivalizaban por sacar los sonidos mas inverosímiles a las guitarras ante los cuatro gatos que allí estábamos. Tras despedir a María -que se levanta a las 6,30 cada mañana, por cierto-, me dio tiempo de ver el último deporte de moda en los bares de Nueva York: el "beer-pong", un juego que consiste en tratar de encestar bolas de tenis de mesa en vasos de plástico.
Ahora, sentado en uno de esos cafés con sillas que miran a la calle a través de ventanales, y con el Empire State de fondo, espero a que escampe este día lluvioso y preparo mi marcha al próximo destino: Filadelfia.
P.D. La foto que incluyo en el post está tomada en Newport y es mi favorita de cuantas he hecho hasta ahora.
lunes, 19 de septiembre de 2011
Ágape con los cerebritos españoles en Harvard
Mi segunda entrada en Nueva York no va a ser tan espectacular como la primera. Hace once años, después de un viaje de costa a costa desde California, llegué a bordo del ferry de Staten Island, justo en el momento en que los rascacielos, incluidas las Torres Gemelas, encendían las luces del ahora mutilado "skyline" de Manhattan. En el momento de comenzar este post, en cambio, viajo desde Boston en un autobús de una compañía china, en el que buena parte de los pasajeros son (o parecen) chinos y que me dejará en Chinatown. Podía haber cogido otro más tarde, pero estoy ya cansado y, qué diablos, la aventura es la aventura.
Puede que estéis un poco perdidos con mi errático recorrido, que he ido corrigiendo sobre la march. El jueves día 8 aterricé en Boston; al día siguiente fui a pasar el fin de semana a Cape Cod, en la costa de Massachusetts, hasta el domingo; regresé a Boston y me dediqué a explorar la ciudad hasta el pasado viernes, incluyendo una escapada a la cercana Concord; hasta hoy he estado en Newport, en la costa de Rhode Island, y hoy he tenido que volver a Boston a coger un autobús a Nueva York, porque el coche de alquiler que había cogido me salía mucho más caro si lo dejaba en una ciudad distinta, como era mi intención inicial.
Una vez situados, no quiero cerrar el capítulo bostoniano sin hablaros de mi descubrimiento de toda una colonia de talentos españoles en Boston. Mi amiga Tania, que se incluye entre estos portentos, me invito al inicio del curso en el Real Colegio Complutense, una especie de embajada de esta universidad en Harvard que el Rey inauguro en 1993 pero que apenas se conoce en nuestro país. Está situado en una casa que pasa inadvertida en el entorno de Harvard y, de hecho, dudé al llegar si aquello era un centro universitario o una casa particular.
Me incorporé al acto en el momento que un guitarrista local comenzaba a rasgar las cuerdas con un repertorio consistente en piezas de Albéniz y otros compositores españoles. Quitando el niño que incordiaba en mitad del concierto ante la pasividad de la madre, fue una experiencia deliciosa, a la par que inesperada.
Pero lo mas interesante vino luego, cuando, durante un frugal ágape, pude charlar con algunos de los jóvenes que disfrutan de las apenas conocidas becas que concede Harvard y paga la Complutense. A Laura, que ha llegado con un proyecto sobre el comportamiento de unas membranas y lípidos que no pude entender muy bien, se le iluminaba la cara hablando de los medios de que dispone ahora, nada que ver con lo que tenia que apañarse en España. Algo parecido le sucede a María, una arquitecta becada para estudiar la obra de Josep Lluis Sert, un catalán exiliado en Estados Unidos tras la Guerra Civil y que llego a ser decano en Harvard. Otro arquitecto, Jose Luis, enseña a los alumnos de Harvard como aprovechar al máximo las nuevas tecnologías en el diseño de edificios. El director del centro, Angel, que esta a punto de dejar el cargo después de diez años, se emociona al hablar de las 90 personas que cada curso pasan por allí, aunque se lamenta de que no se le presta atención que merecería.
Unas horas antes tuve el privilegio de recorrer Harvard de la mano de su profesora Tania, que parece que lleva toda la vida entre estos edificios de ladrillo rojo que supuran historia y unos jardines donde no debe de apetecer nada volver a clase. Sin embargo, llego hace solo un mes para enseñar español a nivel avanzado a través del cine de Buñuel, Berlanga y otros autores patrios, una originalidad más en un sistema de trabajo muy exigente tanto con alumnos como con profesores y en el que la tarea docente se prepara en equipo. Tania no es que vaya a llegar lejos; ya ha llegado lejos. Ahora se dedica a exprimir esta oportunidad al máximo.
Mientras escribo esto, veo con horror el monumental atasco que se ha formado en la autopista, creo que ya en el estado de Connecticut. Me temo que llegaré de madrugada, cuando en España ya despunte el día. Si consigo conectarme a internet al instalarme en Nueva York y no me caigo del sueño, os lo serviré de desayuno.
Horas más tarde
No conseguí conectarme y estaba reventado. Así que publico ahora el post. Queda pendiente todavía que os cuente mis andazas por Newport. ¡Se me acumula el trabajo!
Puede que estéis un poco perdidos con mi errático recorrido, que he ido corrigiendo sobre la march. El jueves día 8 aterricé en Boston; al día siguiente fui a pasar el fin de semana a Cape Cod, en la costa de Massachusetts, hasta el domingo; regresé a Boston y me dediqué a explorar la ciudad hasta el pasado viernes, incluyendo una escapada a la cercana Concord; hasta hoy he estado en Newport, en la costa de Rhode Island, y hoy he tenido que volver a Boston a coger un autobús a Nueva York, porque el coche de alquiler que había cogido me salía mucho más caro si lo dejaba en una ciudad distinta, como era mi intención inicial.
Una vez situados, no quiero cerrar el capítulo bostoniano sin hablaros de mi descubrimiento de toda una colonia de talentos españoles en Boston. Mi amiga Tania, que se incluye entre estos portentos, me invito al inicio del curso en el Real Colegio Complutense, una especie de embajada de esta universidad en Harvard que el Rey inauguro en 1993 pero que apenas se conoce en nuestro país. Está situado en una casa que pasa inadvertida en el entorno de Harvard y, de hecho, dudé al llegar si aquello era un centro universitario o una casa particular.
Me incorporé al acto en el momento que un guitarrista local comenzaba a rasgar las cuerdas con un repertorio consistente en piezas de Albéniz y otros compositores españoles. Quitando el niño que incordiaba en mitad del concierto ante la pasividad de la madre, fue una experiencia deliciosa, a la par que inesperada.
Pero lo mas interesante vino luego, cuando, durante un frugal ágape, pude charlar con algunos de los jóvenes que disfrutan de las apenas conocidas becas que concede Harvard y paga la Complutense. A Laura, que ha llegado con un proyecto sobre el comportamiento de unas membranas y lípidos que no pude entender muy bien, se le iluminaba la cara hablando de los medios de que dispone ahora, nada que ver con lo que tenia que apañarse en España. Algo parecido le sucede a María, una arquitecta becada para estudiar la obra de Josep Lluis Sert, un catalán exiliado en Estados Unidos tras la Guerra Civil y que llego a ser decano en Harvard. Otro arquitecto, Jose Luis, enseña a los alumnos de Harvard como aprovechar al máximo las nuevas tecnologías en el diseño de edificios. El director del centro, Angel, que esta a punto de dejar el cargo después de diez años, se emociona al hablar de las 90 personas que cada curso pasan por allí, aunque se lamenta de que no se le presta atención que merecería.
Unas horas antes tuve el privilegio de recorrer Harvard de la mano de su profesora Tania, que parece que lleva toda la vida entre estos edificios de ladrillo rojo que supuran historia y unos jardines donde no debe de apetecer nada volver a clase. Sin embargo, llego hace solo un mes para enseñar español a nivel avanzado a través del cine de Buñuel, Berlanga y otros autores patrios, una originalidad más en un sistema de trabajo muy exigente tanto con alumnos como con profesores y en el que la tarea docente se prepara en equipo. Tania no es que vaya a llegar lejos; ya ha llegado lejos. Ahora se dedica a exprimir esta oportunidad al máximo.
Mientras escribo esto, veo con horror el monumental atasco que se ha formado en la autopista, creo que ya en el estado de Connecticut. Me temo que llegaré de madrugada, cuando en España ya despunte el día. Si consigo conectarme a internet al instalarme en Nueva York y no me caigo del sueño, os lo serviré de desayuno.
Horas más tarde
No conseguí conectarme y estaba reventado. Así que publico ahora el post. Queda pendiente todavía que os cuente mis andazas por Newport. ¡Se me acumula el trabajo!
Una langosta en la isla de Obama
Espero que el primer cafe decente que pruebo en cuatro días, acompañado de un bagel relleno de crema de queso en una terraza de Boylston St., me sirva de inspiración para este primer post desde tierras americanas, que ya se estaba empezando a demorar mas de la cuenta. Confio también en que me ayude a recuperarme de la paliza de ayer, pedaleando como alma que lleva el diablo, para no perder el ferry de vuelta a tierra firme desde la isla de Martha's Vineyard.
Hacia años que no subía a una bici, pero parecía un mas que digno emulo de Alberto Contador. Mereció la pena. Ahora entiendo por que Barack Obama y muchas otras celebridades escogen este pequeño paraíso junto a la costa de Massachusetts como lugar de retiro estival y por que Steven Spielberg lo eligió para situar a los aterrorizados veraneantes de "Tiburon". Efectivamente, daba la sensacion de que aquellas casitas y caserones en colores pastel y aquellas playas semisalvajes, rodeadas de sugerente vegetación, formaban parte de un decorado de cine.
La culpa de los apuros para coger el ferry la tiene el homenaje a base de langosta que mi amiga Tania y yo nos quisimos dar. La mismísima Primera Dama habia estado justo en el piso de arriba unos dias antes, segun nos dijeron. Aunque el acompañamiento de "Mac & chips" de mi langosta disfrazaba demasiado el sabor, el Chardonnay californiano y la conversación en la que nos enfrascamos casi nos hizo olvidar que el espectacular recorrido en bici por la costa de la isla había que hacerlo también de vuelta. Por si fuera poco, nos confundimos de camino -mejor dicho, me confundí, que el mapa lo llevaba yo-, y el marisco se nos salía por la boca para tratar de estar a tiempo.
Menos mal que llegamos porque si Tania falta hoy a su clase en Harvard, me mata.Martha's Vineyard fue la guinda para un fin de semana explorando en coche de alquiler Cape Cod, una larga península de mas de cien kilómetros con forma de brazo en posición de enseñar bíceps en la que J. F. Kennedy pasaba sus veranos. Lo mas interesante esta a partir del "codo", donde empieza la Cape Cod National Seashore, con interminables playas y parajes inhóspitos, donde en 1620 llegaron los peregrinos del Mayflower que pusieron los cimientos de las colonias británicas y donde Guglielmo Marconi logro en 1903 enviar a través del Atlántico las primeras 48 palabras por telégrafo inalámbrico (aunque poco antes, en Canada, ya había mandado una letra). En la "mano" del Cabo esta Provincetown, un lugar bohemio, animado y meca del ambiente gay de Nueva Inglaterra.
De vuelta en Boston, toca explorar a fondo esta ciudad fascinante que, en mis primeras impresiones, rivaliza ya con San Francisco en el primer puesto de mis ciudades favoritas de Estados Unidos. ¡Hasta pronto!
Nota.- Perdón por las tildes y los saltos de párrafo que faltan, aun no controlo bien el iPad recién comprado.
Hacia años que no subía a una bici, pero parecía un mas que digno emulo de Alberto Contador. Mereció la pena. Ahora entiendo por que Barack Obama y muchas otras celebridades escogen este pequeño paraíso junto a la costa de Massachusetts como lugar de retiro estival y por que Steven Spielberg lo eligió para situar a los aterrorizados veraneantes de "Tiburon". Efectivamente, daba la sensacion de que aquellas casitas y caserones en colores pastel y aquellas playas semisalvajes, rodeadas de sugerente vegetación, formaban parte de un decorado de cine.
La culpa de los apuros para coger el ferry la tiene el homenaje a base de langosta que mi amiga Tania y yo nos quisimos dar. La mismísima Primera Dama habia estado justo en el piso de arriba unos dias antes, segun nos
Menos mal que llegamos porque si Tania falta hoy a su clase en Harvard, me mata.Martha's Vineyard fue la guinda para un fin de semana explorando en coche de alquiler Cape Cod, una larga península de mas de cien kilómetros con forma de brazo en posición de enseñar bíceps en la que J. F. Kennedy pasaba sus veranos. Lo mas interesante esta a partir del "codo", donde empieza la Cape Cod National Seashore, con interminables playas y parajes inhóspitos, donde en 1620 llegaron los peregrinos del Mayflower que pusieron los cimientos de las colonias británicas y donde Guglielmo Marconi logro en 1903 enviar a través del Atlántico las primeras 48 palabras por telégrafo inalámbrico (aunque poco antes, en Canada, ya había mandado una letra). En la "mano" del Cabo esta Provincetown, un lugar bohemio, animado y meca del ambiente gay de Nueva Inglaterra.
De vuelta en Boston, toca explorar a fondo esta ciudad fascinante que, en mis primeras impresiones, rivaliza ya con San Francisco en el primer puesto de mis ciudades favoritas de Estados Unidos. ¡Hasta pronto!
Nota.- Perdón por las tildes y los saltos de párrafo que faltan, aun no controlo bien el iPad recién comprado.
viernes, 16 de septiembre de 2011
Boston bebe de su historia
Una ciudad cuya cerveza mas popular se llama "Samuel Adams" -el celebre impulsor de la Revolución Americana- da una idea de hasta que punto la historia de Estados Unidos corre por sus venas. Anoche estuve brindando con un par de jarras de esta bebida -excelente, por cierto- como despedida de una ciudad que me ha cautivado y me ha retenido mas tiempo del que pensaba.
En el alegre bar "The Poor House" estaba congregada una pequeña ONU: un divertidisimo indio (de la India) que vive en Tampa (Florida) y cuyo nombre impronunciable quedo simplificado como "Adidas"; la adorable Fernanda, una chilenita morena que, después de tres meses estudiando ingles se ha pegado uno mas de propina viajando por el país; el entrañable bávaro Christian, que concluye ahora un doble tour por ambas costas de Norteamérica y se apunta al bombardeo que toque; Nacho, un zaragozano al que, ya sea en español, en ingles o en maño, le falta poco para hablar por los codos y que por su aspecto cuasimarroqui ocupaba el asiento africano en estas Naciones Unidas en miniatura; un jovenzuelo australiano al que casi no dejaban entrar en los bares y con el que no intime mucho, y un servidor, español para mas señas. Todos nos alojabamos en el HI-Boston, un albergue de mochileros en la zona de Back Bay en el que circula gente de lo mas variopinta -¿pensabais que iba a dormir en hoteles de lujo durante un mes?-. La velada se prolongo hasta cerca de las dos de la mañana y puso un animado fin de fiesta, con amago de baile indio incluido, a mi visita a la capital de Masachusetts.
En alguna guía de viajes atribuyen el atractivo de Boston a su carácter "europeo". Tengo mis objeciones a esa aseveración. Desde luego, los característicos ladrillos rojos de edificios y aceras identifican claramente la ciudad con sus orígenes británicos, y su centro urbano, compacto y muy agradable para pasear se aleja del modelo de ciudades dispersas y sin casco histórico, como Los Angeles. Pero no creo que por eso sea "menos americana". Mas bien al contrario, pienso que Boston integra como pocas cuanto significa Estados Unidos, porque lo que hizo este país fue recoger la herencia europea y transformarla en una solida democracia que dura ya mas de dos siglos y en la mayor potencia económica de los tiempos modernos. Me encantaría que os animarais en los comentarios a darme vuestra opinión.A la pequeña ciudad que fundaron a principios del siglo XVII un grupo de puritanos pronto se le quedo pequeño el corsé de la estricta dominación británica y desde Boston se planto cara al Imperio.
El "downtown" es hoy una metáfora viva de los cambios en la ciudad y el país. Los edificios desde los que Samuel Adams, John Hancock, Paul Revere y otros venerados héroes de la Revolución desafiaron un día al poder establecido quedan hoy escondidos, a la sombra de los rascacielos de oficinas de decenas de plantas, pero como testigos perennes de una historia que los bostonianos llevan en la sangre. Diría, incluso, que el propio aspecto externo de los habitantes de esta ciudad fascinante denota cierto aire distinguido, un orgullo por las gestas pretéritas y la pujanza del presente: he visto mas camisas que camisetas, mas cabellos atildados que coletas y piercings, mas buen gusto que dejadez... En definitiva, mas gente elegante que "perroflautas", un termino que no se si tiene traducción al ingles. Además, miles de personas cultivan su cuerpo a todas horas corriendo por las riberas del río Charlie con el espectacular "skyline" de fondo y a los que, en una experiencia inolvidable, me he unido esta mañana para bajar las ultimas cervezas. Esa elegancia no impide que haya excepciones, como una mujer en zapatillas de deporte y gabardina que me he tropezado hoy o que, en mi opinión, se abuse de los pantalones de pinzas.
El otro día, me reafirme en esa idea tras un recorrido comentado por el "Freedom Trail", que recorre los principales escenarios de la Revolución. Almorcé con el joven guía, oriundo de Massachusetts pero no de Boston y de nombre Dan -casualmente, igual que el figurante con quien hable en Concord-. Mientras, vestido en traje de epoca, devoraba una hamburguesa a la que finalmente le acabe invitando en un restaurante que se proclama el mas antiguo de la ciudad, me contaba que los bostonianos se consideran a si mismos "the hub of Universe", el centro del universo.No se si tanto, pero, desde luego, Boston ha pasado de aquella vieja ciudad colonial a ocupar un papel protagonista en los avances científicos y tecnológicos el mundo. Pero esto me da para un próximo post. Entre tanto, pido perdón por la mala edición del texto, a ver si puedo arreglarlo.
En el alegre bar "The Poor House" estaba congregada una pequeña ONU: un divertidisimo indio (de la India) que vive en Tampa (Florida) y cuyo nombre impronunciable quedo simplificado como "Adidas"; la adorable Fernanda, una chilenita morena que, después de tres meses estudiando ingles se ha pegado uno mas de propina viajando por el país; el entrañable bávaro Christian, que concluye ahora un doble tour por ambas costas de Norteamérica y se apunta al bombardeo que toque; Nacho, un zaragozano al que, ya sea en español, en ingles o en maño, le falta poco para hablar por los codos y que por su aspecto cuasimarroqui ocupaba el asiento africano en estas Naciones Unidas en miniatura; un jovenzuelo australiano al que casi no dejaban entrar en los bares y con el que no intime mucho, y un servidor, español para mas señas. Todos nos alojabamos en el HI-Boston, un albergue de mochileros en la zona de Back Bay en el que circula gente de lo mas variopinta -¿pensabais que iba a dormir en hoteles de lujo durante un mes?-. La velada se prolongo hasta cerca de las dos de la mañana y puso un animado fin de fiesta, con amago de baile indio incluido, a mi visita a la capital de Masachusetts.
En alguna guía de viajes atribuyen el atractivo de Boston a su carácter "europeo". Tengo mis objeciones a esa aseveración. Desde luego, los característicos ladrillos rojos de edificios y aceras identifican claramente la ciudad con sus orígenes británicos, y su centro urbano, compacto y muy agradable para pasear se aleja del modelo de ciudades dispersas y sin casco histórico, como Los Angeles. Pero no creo que por eso sea "menos americana". Mas bien al contrario, pienso que Boston integra como pocas cuanto significa Estados Unidos, porque lo que hizo este país fue recoger la herencia europea y transformarla en una solida democracia que dura ya mas de dos siglos y en la mayor potencia económica de los tiempos modernos. Me encantaría que os animarais en los comentarios a darme vuestra opinión.A la pequeña ciudad que fundaron a principios del siglo XVII un grupo de puritanos pronto se le quedo pequeño el corsé de la estricta dominación británica y desde Boston se planto cara al Imperio.
El "downtown" es hoy una metáfora viva de los cambios en la ciudad y el país. Los edificios desde los que Samuel Adams, John Hancock, Paul Revere y otros venerados héroes de la Revolución desafiaron un día al poder establecido quedan hoy escondidos, a la sombra de los rascacielos de oficinas de decenas de plantas, pero como testigos perennes de una historia que los bostonianos llevan en la sangre. Diría, incluso, que el propio aspecto externo de los habitantes de esta ciudad fascinante denota cierto aire distinguido, un orgullo por las gestas pretéritas y la pujanza del presente: he visto mas camisas que camisetas, mas cabellos atildados que coletas y piercings, mas buen gusto que dejadez... En definitiva, mas gente elegante que "perroflautas", un termino que no se si tiene traducción al ingles. Además, miles de personas cultivan su cuerpo a todas horas corriendo por las riberas del río Charlie con el espectacular "skyline" de fondo y a los que, en una experiencia inolvidable, me he unido esta mañana para bajar las ultimas cervezas. Esa elegancia no impide que haya excepciones, como una mujer en zapatillas de deporte y gabardina que me he tropezado hoy o que, en mi opinión, se abuse de los pantalones de pinzas.
El otro día, me reafirme en esa idea tras un recorrido comentado por el "Freedom Trail", que recorre los principales escenarios de la Revolución. Almorcé con el joven guía, oriundo de Massachusetts pero no de Boston y de nombre Dan -casualmente, igual que el figurante con quien hable en Concord-. Mientras, vestido en traje de epoca, devoraba una hamburguesa a la que finalmente le acabe invitando en un restaurante que se proclama el mas antiguo de la ciudad, me contaba que los bostonianos se consideran a si mismos "the hub of Universe", el centro del universo.No se si tanto, pero, desde luego, Boston ha pasado de aquella vieja ciudad colonial a ocupar un papel protagonista en los avances científicos y tecnológicos el mundo. Pero esto me da para un próximo post. Entre tanto, pido perdón por la mala edición del texto, a ver si puedo arreglarlo.
martes, 13 de septiembre de 2011
La chispa que encendió la Revolución
A unos 30 kilómetros de Boston, el río Concord fluye tranquilo hacia el norte en medio de suaves ondulaciones arboladas salpicadas por pequeñas charcas. En 1775, este apacible paisaje era algo distinto. Lo dominaban las granjas y tierras de labor de los colonos, que daban a la zona el típico aspecto de la campiña inglesa.
A pesar de que en la actualidad solo un puñado de turistas visitan este paraje, en la mañana del 19 de abril de aquel año se produjo aquí uno de los sucesos mas trascendentales para el nacimiento de los Estados Unidos y, por tanto, para la historia contemporánea mundial. Un grupo de 400 milicianos, en su mayoría simples granjeros, arremetieron contra las tropas del rey Jorge III y causaron las primeras víctimas británicas. Aunque ni ellos mismos lo sabían, acababa de comenzar la revolución americana y el camino hacia la independencia.
Dan Dono, uno de los figurantes apostados junto al actual North Bridge -el puente reconstruido en el lugar exacto donde se produjo el choque en el siglo XVIII- advierte de que aquello todavía no era una guerra por la independencia, sino la lucha de unos súbditos británicos mas "en defensa de sus derechos". Ni se planteaban entonces separarse de la metrópoli, eso vino después. Incluso, pudo no llegarse a producir el ataque. La "ranger" Polly Kienle explica las dudas entre los llamados "minute men" sobre si se debía atacar o no, ya que los mayores apelaban a la prudencia, conscientes de que podían ser condenados por traición.
La decisión de atacar a las tropas apostadas junto al North Bridge se tomo cuando, desde una loma, los colonos vieron el humo de las casas incendiadas por los británicos en la cercana villa de Concord. En ese momento, el "major" de Concord, John Buttrick, dio la orden que quedaria para la épica: "Fire, fellow soldiers, for God's sake fire!" y prendió la mecha de una batalla hizo retroceder a los soldados hasta Boston.
Estos hechos se enseñan en los colegios de Estados Unidos, pero "los americanos no saben realmente que paso aquí", se lamenta, Dan, quien recuerda que el 19 de abril es ennla actalidad solo una fiesta local en Massachusetts y en Maine (que inicialmente formaba parte de ese estado). En mi recorrido por la Costa Este del país no tenía prevista esta parada, pero ha sido emocionante revivir aquellos apasionantes sucesos que acabaron cambiando el mundo y no me he podido resistir a contaroslo en este post.
Dan Dono, uno de los figurantes apostados junto al actual North Bridge -el puente reconstruido en el lugar exacto donde se produjo el choque en el siglo XVIII- advierte de que aquello todavía no era una guerra por la independencia, sino la lucha de unos súbditos británicos mas "en defensa de sus derechos". Ni se planteaban entonces separarse de la metrópoli, eso vino después. Incluso, pudo no llegarse a producir el ataque. La "ranger" Polly Kienle explica las dudas entre los llamados "minute men" sobre si se debía atacar o no, ya que los mayores apelaban a la prudencia, conscientes de que podían ser condenados por traición.
La decisión de atacar a las tropas apostadas junto al North Bridge se tomo cuando, desde una loma, los colonos vieron el humo de las casas incendiadas por los británicos en la cercana villa de Concord. En ese momento, el "major" de Concord, John Buttrick, dio la orden que quedaria para la épica: "Fire, fellow soldiers, for God's sake fire!" y prendió la mecha de una batalla hizo retroceder a los soldados hasta Boston.
Estos hechos se enseñan en los colegios de Estados Unidos, pero "los americanos no saben realmente que paso aquí", se lamenta, Dan, quien recuerda que el 19 de abril es ennla actalidad solo una fiesta local en Massachusetts y en Maine (que inicialmente formaba parte de ese estado). En mi recorrido por la Costa Este del país no tenía prevista esta parada, pero ha sido emocionante revivir aquellos apasionantes sucesos que acabaron cambiando el mundo y no me he podido resistir a contaroslo en este post.
martes, 6 de septiembre de 2011
¡Empieza la aventura!
Muchos de
vosotros ya lo sabíais: tengo una pedrada considerable. Para los que no, aquí
está la última demostración. Me voy a Estados Unidos durante un mes, a recorrer
la Costa Este, desde Boston a Miami e, incluso, me propongo alcanzar el último
de los Cayos de Florida, Key West (Cayo Hueso).
Serán más de 3.000 kilómetros por la franja de Norteamérica donde, desde hace algo más de
dos siglos, germinó la gran nación que hoy todavía domina el mundo.
Esta locura empezó como una especie de escala de un viaje que iba a hacer a Costa
Rica y que finalmente se quedó en el tintero. Lo cierto es que, cuando lo
preparaba, me di cuenta de que, en realidad, me apetecía incluso más la escala
que el viaje principal. Así que, al final, el viaje por la tierra del Tío Sam
fue creciendo en mis planes hasta convertirse en la gran aventura de mis
vacaciones.
El
empujón final me lo dio la expectativa de visitar en Boston a una gran amiga
que espero presentaros. Otra de mis pasiones, la fotografía, y la
idea de escribir este blog y compartir con vosotros mis experiencias completan
la lista de estímulos para lanzarme a este viaje que, valga el tópico, será
también una exploración interior para descubrir Dios sabe qué.
No prometo
escribir cada día, porque, aunque llevo un itinerario planeado, la
improvisación y la ausencia de obligaciones son parte del viaje, que estoy de vacaciones.
Así que lo haré cuando me apetezca y tenga cosas interesantes que publicar. Confío en que este criterio haga el blog
más rico y espontáneo y nos haga disfrutar más mutuamente, a mí al contarlo y a
vosotros al leerlo. ¡Bienvenidos a mi aventura!
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)








