No quiero dejar pasar más tiempo sin contaros la experiencia más impactante del viaje hasta ahora: la visita al llamado "Dutch Country", el territorio de los amish en Pennsylvania.
La noche del domingo, según me acercaba a la zona con el coche que he alquilado estos días, de repente me pareció que pasaban por el arcén de manera fugaz unos extraños seres en una especie de patinete, con sombreros y en tirantes. Sin reponerme aún de mi asombro, empecé a ver circular las sombras de unos carruajes oscuros, apenas visibles en aquella nebulosa noche gracias a las luces intermitentes que se ven obligados a llevar. La sensación de haber retrocedido varios siglos en el tiempo se apoderó de mí.
Pero al día siguiente fue en aumento. Me levanté al alba para tratar de hacer fotos con las primeras luces y porque Ángel, el madrileño que vive en Washington del que os hablé en mi anterior post, me había advertido de que a partir del mediodía era más difícil encontrarse a los amish. La niebla había espesado y, cuando los vi moverse entre las granjas con los carros, con los patinetes o andando con su austera forma de vestir, no pude evitar acordarme de las escenas de "Los otros", la película de Amenábar.
Particularmente espectral se me presentó la estampa de varios niños camino del colegio al borde de la carretera, algunos descalzos, ellos con sus sombreritos y pantalones con tirantes y ellas con los vestidos largos estilo "La casa de la pradera". Mientras hacía fotos a la entrada de una granja, un joven amish me invitó a entrar, ver cómo trabajaban y, si quería, comprar alguno de sus productos orgánicos. Entrar en aquel mundo fue una experiencia única. Los hombres con la barba pero sin bigote y el sombrero de alas rectas, trajinando con los pollos o la mantequilla, y ellas faenando tocadas con una suerte de caperuza blanca. Con los ojos como platos por aquellas escenas inefables, pregunté por qué vivían de aquella manera. "Para proteger a nuestros hijos, mantenerlos alejados de la tecnología moderna y conservar nuestra cultura", me respondió Amos, el dueño de la explotación.
John, el chico que me había dejado entrar, me dio con sus preguntas una idea de hasta qué punto se hallan ajenos al mundo que les rodea. "¿En España usáis también dólares?" "¿habláis en inglés?", me interpelaba como si tuviera delante a un extraterrestre. Su hermano, al que conoci en una granja vecina, me pregunto: "¿en tu país tambien eres granjero?" Según me explicó el guía con el que recorrí después la zona, que tambien se llama John, en el particular sistema educativo amish los niños solo asisten a la escuela hasta los catorce años, salvo algunos que prolongan los estudios con unas pocas horas a la semana hasta los quince, y el aprendizaje se enfoca de una forma muy práctica al conocimiento de cuanto les pueda ser útil en su futuro trabajo en la granja, no se forman para otra cosa.
Los amish, como sus "primos" los menonitas, proceden de los anabaptistas que surgieron en Suiza, Alemania y Holanda hace más de 400 años como una tercera vía entre los católicos y los luteranos y, por lo tanto, perseguidos por unos y otros, de manera que se vieron forzados a emigrar al nuevo mundo, donde echaron raíces. Desde entonces apenas han modificado sus hábitos y renuncian a la luz eléctrica en las casas o a emplear vehículos a motor (ni siquiera bicicletas), entre otras comodidades, ya que buscan apartarse de lo que suponga una sociedad sin Dios y hacen de la sencillez, modestia y humildad los patrones de su vida.
No solo no tienden a desaparecer, sino que su número va en aumento. Dicen que en Norteamérica, concentrados sobre todo en los estados de Pennsylvania, Ohio e Indiana, hay unos 250.000, aunque a mí me parecen algo exageradas las cifras.
Si alguno de los que me leéis tiene pensado viajar a la costa este de Estados Unidos, le aconsejo sinceramente que reserve un hueco para el Dutch Country. Alucinará como yo.


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