viernes, 23 de septiembre de 2011

Como Nicolas Cage en... Atlantic City

Por primera vez en este viaje, abandono un lugar sin pena de dejarlo atrás. Llegué a Atlantic City atraído por la curiosidad de conocer la que se supone Las Vegas de la costa este, que me parecía buena parada donde recargar pilas y desfogarme un poco. Pero me ha dejado cierta sensación de tristeza. "Hay gente que viene de ciudades como Washington, les deja el autobús en la puerta del casino, juegan y se marchan. No ven ni siquiera la playa", me comentaba con abatimiento Edward, funcionario de la Seguridad Social que debe de ser de los pocos en la "Ciudad Atlántica" que no trabaja para la industria del juego y con el que charlé mientras una espesa bruma envolvía el atardecer.


Atlantic City, en la costa de Nueva Jersey a unos cien kilómetros de Filadelfia, tiene un toque que recuerda a Benidorm y le falta el "glamour", el brillo de la supuesta alegría de Las Vegas, o puede que, simplemente, aquí la degeneración por el juego está peor disfrazada.


Los casinos son monstruosas moles temáticas con nombres como Taj Mahal, Caesars, Tropicana o Wild Wild West, cada uno con cientos de tragaperras e inmensas salas para jugarse el sueldo a las cartas, la ruleta o los dados. Yo me alojaba en uno de los más nuevos y encopetados, el Borgata, donde estos días se celebraba un campeonato de póker que garantizaba tres millones de dólares como premio, aunque yo me limité a perder unos cuantos a la ruleta.


Con un montón de bares, restaurantes, tiendas, piscina y spa, es un complejo pensado para que no salgas al exterior y dejes alli todo tu dinero. De hecho, no hay aceras para pasear hasta la playa o el centro urbano, si es que existe tal, y hay que coger forzosamente un autobús o un taxi.


El histórico Boardwalk, un paseo de tablas de madera a lo largo de la playa, podría ser agradable, pero lo estropean las horrendas fachadas de los casinos y el triste deambular de personas solitarias sin rumbo, entre los que me sentí un poco como Nicolas Cage en "Living Las Vegas". Las "rolling chairs", carritos empujados por personas, lo recorren constantemente y le dan otra pincelada de extravagancia.


Y en medio de este mundo friki, descubrí un extraño proyecto ecológico: en la playa existe una colonia de gatos asilvestrados a los que se cuida y alimenta de forma oficial, pero está prohibido darles comida por tu cuenta o soltar otros gatos, bajo pena de hasta mil dólares.


Antes de ir a Atlantic City visité Filadelfia, la cuna de los Estados Unidos. Aquí se aprobó y firmó en 1776 la Declaración de Independencia y años mas tarde la Constitucion. Se creó el primer banco nacional, precedente de la actual Reserva Federal, o la primera aseguradora contra incendios, que puso en marcha Benjamin Franklin, entre otras muchas primeras cosas.


La obsesión por ensalzar a quienes participaron en el germen de la nación ha llevado a mitificar incluso a la mujer a la que George Washington encargó la primera bandera americana, entonces solo de 13 estrellas, y cuya casa-museo se visita como la de una heroína de la independencia.


Disfruté mucho recorriendo la Old City y las calles y edificios donde el nuevo país se puso a andar. El resto de la ciudad me dejó más frío, sobre todo viniendo del ambientazo de ciudades como Boston o Nueva York. Por supuesto, no me fui sin antes hacer un poco el payaso subiendo las escaleras del Museo de Arte que inmortalizó Rocky Balboa, al que incluso han dedicado una estatua.

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