jueves, 13 de octubre de 2011

De Miami vice al fin del mundo


Había cola para hacerse fotos ante el enorme mojón que marca el punto mas meridional de EEUU, a sólo 90 millas del cortijo de los Castro. Después de recorrer durante un mes mas de 4.000 kilómetros y 12 estados (más el distrito de Columbia), el lunes por la tarde llegué a Key West, el último de los Cayos de Florida. Con el Atlántico a un lado y el Golfo de México al otro, conducir por la ruta 1 desde Miami hasta esta especie de Finisterre norteamericano, pasando de isla en isla entre manglares y palmeras y a veces con el ancho justo para la carretera, es uno de los mayores placeres que tenido al volante. 


Key West (o Cayo Hueso), el antaño lugar de retiro espiritual de Hemingway, es un animado pueblo de aire bohemio en el que me hubiera gustado pasar más tiempo. No obstante, en el camino de vuelta a Miami, pude detenerme en Cayo Largo para explorar con gafas de bucear y tubo un arrecife de coral lleno de peces exóticos, una experiencia formidable que ya me esta haciendo barruntar futuros viajes. 


Pero vayamos con la locura de Miami. Esta extensa megalópolis inabarcable me obligó a cambiar el chip. No es ésta una ciudad para visitar museos ni pasear por bonitas plazas. Miami está hecha para vivirla y gozar de su ambiente hedonista entre las omnipresentes palmeras. 


El escaparate de la sensualidad y el desenfreno está en South Beach. El paisaje humano lo pintan morenas embutidas en ceñidisimas prendas, algunas francamente espectaculares, que lucen carnes bajo el calor sofocante (supongo que por allí circulaban hombres también, pero no me fijé tanto). Más que glamour, lo que hay es una colorida exhibicion provocadora en la que hasta los maquiníes de las tiendas están  siliconados.


La prostitución se infiltra frente a los locales de copas, los restaurantes y los hotelitos estilo Art Deco que se suceden por la bulliciosa Ocean Drive y jovencitas encantadoras emplean taimadas técnicas de seducción para limpiar la cartera a visitantes incautos. Por fortuna, yo, que debía de tener escrito en la frente un reclamo para las engatusadoras, me pude quitar a tiempo el anzuelo de la boca. 


Pero Miami es mucho más que Ocean Drive y la presencia hispana, sobre todo cubana, se extiende por la ciudad. Acodado en la barra de un cafe que da a la calle Ocho, en Little Havana, Sergio, un cubano que lleva medio siglo en Miami, aseguraba que, sin ellos, seguiría siendo un lugar al que los viejos venían a dejarse morir. Del otro lado de la barra, Guillermina, "la más fotografiada de Little Havana", según Sergio, lamentaba la suerte que ha corrido la isla y asegura que, mientras siga en manos del "enemigo", no volverá a visitar la isla.


En Miami dejo un gran amigo, Pepe, un malagueño que, tras cuatro años en el "cinturon de la Biblia", en Tennessee, ha decidido con su mujer norteamericana empezar de nuevo de cero en Florida. Lo conocí mientras televisaban en un bar colombiano el partido de España contra la República Checa y me invitó a pasar una divertida noche con parte de la colonia española, con actuación flamenca de un sobrino de Peret incluida. Por cierto, fue un par de días antes de la visita que hizo la Reina Doña Sofia, aunque yo no estuve con Alejandro Sanz ni Nacho Cano.


Ésta ha sido mi última etapa de un viaje fascinante del que recordaré cada día, cada hora. No es éste, no obstante, mi último post del blog. En la maleta hay aún material pendiente.


Southernmost point, en Key West, Florida

Ocean Drive, en South Beach (Miami Beach)

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viernes, 7 de octubre de 2011

Los españoles ya estábamos aquí

Pasadas las cinco de la tarde, una "ranger" del National Park Service, arria la bandera en el castillo de San Marcos y se la guarda bajo el brazo hasta el día siguiente. Pero no la de las barras y las estrellas, sino una enseña española. Y tampoco es la roja y gualda actual, sino la blanca con una cruz roja que incorporo Felipe el Hermoso hace cinco siglos.


Esto sucedía el pasado miércoles en San Agustin -Saint Augustine para los estadounidenses- donde el 8 de septiembre de 1565 llego Don Pedro Menendez de Aviles para impedir que los franceses nos comieran el terreno en La Florida y fundo lo que sigue siendo el asentamiento europeo mas antiguo de EEUU. Cuando los ingleses llegaron a Jamestown, Virginia, los españoles ya llevaban en Norteamérica mas de 40 años.


Recorrer hoy San Agustin es un interesante viaje a las raíces hispanas de este país, a pesar de que en los libros de Historia americana aquellos hechos ocupan un capitulo menor y mas bien olvidado. Aunque muchas casas son reconstrucciones y desprenden un postizo tufillo a gancho turístico, no deja de tener su gracia recorrer la "old town", con calles nombres como Sevilla, Cordova o Aviles - esta ultima la mas antigua de EEUU- y plagada de reclamos en español. Pervive también la plaza de la Constitucion, en recuerdo a la de 1812, y hay unas cuantos edificios si son de la época. 


No muy lejos de alli, apenas un grupo de curiosos visitamos la Mision Nombre de Dios, el punto donde llegaron los españoles establecieron el cristianismo por primera vez en estas tierras, como recuerda la enorme cruz que se yergue junto a ella.


También se suele pasar por alto que, antes de que empezaran a llegar africanos esclavizados en masa a EEUU, los españoles trajeron hombres negros libres que trabajaron en San Agustin e incluso aun se recuerda a un haitiano que ocupo altas responsabilidades en el ejercito.


Aquellas glorias llegaron a su fin, La Florida paso a manos de EEUU y hoy, como es sabido, la invasión hispana en esta tierra viene de Cuba. Pienso en ello mientras el vendaval empieza a dejar las primeras gotas de lluvia en la terraza de mi hotel en Miami Beach y me obliga a terminar de escribir dentro. Os seguiré contando.

miércoles, 5 de octubre de 2011

Savannah tiene un color aun mas especial

He debido de contagiarme del espíritu sureño y he decidido tomármelo con calma. Finalmente, Savannah (Georgia) me ha ganado y he decidido quedarme una noche más. En principio no iba a ser más que una parada de tránsito hacia Florida, pero se me ha revelado como una de las grandes perlas de la costa este de Estados Unidos. 


Si en Charleston apetecía patear sus calles, en Savannah es un placer indescriptible. El tiempo parece discurrir sin prisa entre agradables casas de pocas alturas y los árboles invadidos por el típico "Spanish moss", ese vegetal que cuelga de sus ramas y que, literalmente, vive del aire, es decir, de la humedad del ambiente. Recibe su nombre de su parecido con el bigote de los antiguos conquistadores españoles. La ciudad, además, fue planificada desde el principio con un sistema de cuadrículas en torno a deliciosas placitas que le dan un toque único.


También aquí se tropieza con la historia casi en cada esquina. Me ha llamado la atención que uno de los héroes de la Guerra de la Independencia más venerados en Savannah es un polaco llamado Casimir Pulaski que llegó dispuesto a morir por la causa de la libertad y, efectivamente, falleció tras ser herido en el intento de americanos y franceses de arrebatar la ciudad a los británicos en 1779. En cuanto a la Guerra de Secesión, se puede uno encontrar tanto con algún edificio por el que pasó el general de los confederados Robert E. Lee, como con el que utilizó Sherman como cuartel general tras su triunfal marcha hacia la costa al frente de las fuerzas de la Unión.


En Savannah se pueden recorrer, además, los escenarios de "Medianoche en el jardín del bien y del mal", libro que siento no haber leído para daros mas referencias, y el lugar donde estaba el banco en que se sentaba Forrest Gump y que ahora se han llevado al museo de historia de la ciudad, nada menos.


A mi inolvidable paso por Savannah se une la comida memorable en Mrs. Wilkes Dinimg Room, donde el mismísimo Obama almorzó el año pasado. Es un sitio de comida tradicional sureña en un ambiente de lo más familiar, en el que te ponen a compartir mesa entre diez u once personas y en el que no hay carta: directamente te sirven un pupurri de platos de pollo frito, repollo, arroz, habas y no sé cuantas cosas más, que los comensales nos íbamos pasando unos a otros. Todo ello a 16 dólares por cabeza, bebida incluida. A pesar de su nombre, no dan cenas (salvo a grandes grupos) y solo permiten sumarse a las tremendas colas que se forman a la entrada de 11 a 14h. Lo mejor es llegar al filo de las dos -un horario muy a la española- y entrar al final, con lo que hay que esperar menos. A mí me han tocado en los flancos una pareja de Delaware -"De la... Where?", decían que es la broma habitual, porque este estado es tan pequeño y desconocido que ni los americanos lo sitúan en el mapa- y otra de Nueva York. He pasado un rato de lo más entretenido y la comida estaba de muerte. Al final me he hecho fotos con "la cocinera de Obama".


Impresionante, por ultimo, el ambiente nocturno que hay un lunes o un martes, con conciertos en directo y bares de lo más animado hasta altas horas. Pero ya no me extiendo mas con mis incursiones en la "nightlife". Ahora sí, Florida me espera.


martes, 4 de octubre de 2011

El sur tiene un color especial

El sur es el sur, ya lo cantaba Raffaella Carra. Ya sea en España, en Italia o aquí, en Estados Unidos, tiene un "color especial" y un aire despreocupado que invita a disfrutar de la vida con mas calma que sus compatriotas del norte. En el caso de EEUU, se suma un cierto orgullo identitario que pervive desde los tiempos en que el país se partió en dos. Precisamente, ayer visité Fort Sumter, en un islote frente a Charleston, donde estalló la Guerra Civil. 


Aunque, como escribí otro día, Virginia es ya territorio sureño, fue al cruzar la frontera con Carolina del Norte cuando de verdad sentí ese cambio de ambiente. Mas aún al llegar a las Outer Banks, una barrera arenosa paralela a la costa y uno de mis grandes descubrimientos de este viaje. Es un lugar para olvidarse del mundo, poner algo de música en el coche y dejarse llevar por la carretera entre interminables playas a ambos lados. 


Algo de eso debió de traer a estos remotos parajes a los hermanos Wright en 1903 para hacer realidad el sueño humano de volar, un hito que hoy se puede recordar en el punto exacto del que el artefacto de aquellos visionarios se elevo sobre el suelo.El sitio perfecto para perderse. De hecho, hay una zona donde se encuentran las dunas mas altas del país que parece el desierto del Sahara. El azote del huracán Irene aún ha agravado el aislamiento de la zona y, de hecho, no pude acceder a las islas mas meridionales porque los puentes seguían cortados. 


Por otra parte, hace calor y hay mucha humedad y eso, en el reino animal, supone que hay un rey: el mosquito. O mas bien son pirañas con alas, porque la forma en que me han masacrado no la había visto en la vida. El repelente que compré se lo beben como si fuera agua. Menos mal que luego cayó una tormenta impresionante y enfrió el ambiente en la zona, porque los lugareños me han contado que en Charleston, durante los meses cálidos, los mosquitos son aún más salvajes. 


Tras pernoctar sin mucha más historia en Wilmington, pasé al estado de Carolina del Sur. Paré en Myrtle Beach, paraíso vacacional de los "red-necks", como llaman a los americanos de interior. El paisaje consiste aquí en una noria enorme, coloridos parques de atracciones y locales para comer y beber por doquier a lo largo del paseo de madera junto a la playa. 


Y de ahí a Charleston, desde donde empece a escribir este post. A pesar de que su área metropolitana es enorme, la sensación en el "downtown" es la de estar en una pequeña capital de provincias, donde la gente vive en la calle y se conocen todos. Es una ciudad para pasear entre los caserones con grandes balconadas, pintados con colores claros y salpicados de palmeras. 


Y se come de maravilla. El sábado, unas ostras magnificas y el domingo, un estupendo pastel de cangrejo, acompañado, por cierto, de una especie de grelos que no tenían mucho que envidiar a los gallegos. Hoy estoy rematando el post desde Savannah, en Georgia. Creo que me va a gustar.