Key West (o Cayo Hueso), el antaño lugar de retiro espiritual de Hemingway, es un animado pueblo de aire bohemio en el que me hubiera gustado pasar más tiempo. No obstante, en el camino de vuelta a Miami, pude detenerme en Cayo Largo para explorar con gafas de bucear y tubo un arrecife de coral lleno de peces exóticos, una experiencia formidable que ya me esta haciendo barruntar futuros viajes.
Pero vayamos con la locura de Miami. Esta extensa megalópolis inabarcable me obligó a cambiar el chip. No es ésta una ciudad para visitar museos ni pasear por bonitas plazas. Miami está hecha para vivirla y gozar de su ambiente hedonista entre las omnipresentes palmeras.
El escaparate de la sensualidad y el desenfreno está en South Beach. El paisaje humano lo pintan morenas embutidas en ceñidisimas prendas, algunas francamente espectaculares, que lucen carnes bajo el calor sofocante (supongo que por allí circulaban hombres también, pero no me fijé tanto). Más que glamour, lo que hay es una colorida exhibicion provocadora en la que hasta los maquiníes de las tiendas están siliconados.
La prostitución se infiltra frente a los locales de copas, los restaurantes y los hotelitos estilo Art Deco que se suceden por la bulliciosa Ocean Drive y jovencitas encantadoras emplean taimadas técnicas de seducción para limpiar la cartera a visitantes incautos. Por fortuna, yo, que debía de tener escrito en la frente un reclamo para las engatusadoras, me pude quitar a tiempo el anzuelo de la boca.
Pero Miami es mucho más que Ocean Drive y la presencia hispana, sobre todo cubana, se extiende por la ciudad. Acodado en la barra de un cafe que da a la calle Ocho, en Little Havana, Sergio, un cubano que lleva medio siglo en Miami, aseguraba que, sin ellos, seguiría siendo un lugar al que los viejos venían a dejarse morir. Del otro lado de la barra, Guillermina, "la más fotografiada de Little Havana", según Sergio, lamentaba la suerte que ha corrido la isla y asegura que, mientras siga en manos del "enemigo", no volverá a visitar la isla.
En Miami dejo un gran amigo, Pepe, un malagueño que, tras cuatro años en el "cinturon de la Biblia", en Tennessee, ha decidido con su mujer norteamericana empezar de nuevo de cero en Florida. Lo conocí mientras televisaban en un bar colombiano el partido de España contra la República Checa y me invitó a pasar una divertida noche con parte de la colonia española, con actuación flamenca de un sobrino de Peret incluida. Por cierto, fue un par de días antes de la visita que hizo la Reina Doña Sofia, aunque yo no estuve con Alejandro Sanz ni Nacho Cano.
Ésta ha sido mi última etapa de un viaje fascinante del que recordaré cada día, cada hora. No es éste, no obstante, mi último post del blog. En la maleta hay aún material pendiente.
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| Southernmost point, en Key West, Florida |
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| Ocean Drive, en South Beach (Miami Beach) |
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